27/8/24

¿Victoria presidenta?


El 29 de agosto de 1968 el alcalde de Atlantic City recibió una carta que solicitaba permiso para protestar contra el concurso de belleza Miss America. El 7 de septiembre, se reunieron casi 200 feministas y militantes de los derechos civiles e instalaron un “tacho de basura de la libertad”, donde arrojaban corpiños, corsés, zapatos de taco y otros símbolos de los estándares de belleza femenina, que llamaban “instrumentos de tortura”. No fue la primera protesta pero sí un hito de la segunda ola feminista en Estados Unidos. 

Unos días antes de la protesta, el diario The New York Post publicó el artículo de Lindsy Van Gelder. La periodista empezó con una analogía con las marchas contra la guerra de Vietnam: “prender fuego un carnet de reclutamiento o una bandera ha sido una táctica estándar de grupos de protesta en los últimos años, pero algo nuevo va a incendiarse este sábado. ¿Un corpiño en llamas?”, el editor eligió un título sensacionalista para llamar la atención: “Las quema corpiños planean una protesta contra Miss America”. Funcionó y con ese titular se instaló una imagen icónica aunque un poco engañosa y un estereotipo que usarían los sectores conservadores hasta hoy para deslegitimar las luchas feministas y aislarlas de la mayoría de las mujeres. 

Lejos del retrato violento que construyeron los medios, las manifestantes recuerdan las miradas cómplices de las mujeres y la simpatía de mucha gente que paseaba por la rambla ese día. Después de la protesta, el mismo diario publicó “Las quema corpiños”, un artículo firmado por Art Buchwald: “la parte final y más trágica de la protesta tuvo lugar cuando varias de las mujeres quemaron públicamente sus corpiños”. Eso nunca pasó, pero la fake news ya estaba en marcha (lo único que pudieron comprobar es que hubo un pequeño incendio en la rambla ese día pero se extinguió enseguida). Buchwald escribió en el mismo artículo que las feministas querían “destruir todo lo que este país ama” y diagnosticó con tono solemne: “el disenso en este país ha ido demasiado lejos”. 

A los diarios les encantaba publicar artículos sobre mujeres masculinas que querían destruir la familia y eliminar el “privilegio” femenino de ser madre y ama de casa. Decían que la igualdad por la que peleaba el movimiento de liberación iba a imponer baños mixtos y la homosexualidad (un clásico). Se asoció al feminismo de los años 1970 con la imagen de los corpiños en llamas para desprestigiarlo, sobre todo a las alas anticapitalistas y que confluían con trabajadores, trabajadoras y otros grupos oprimidos por su etnia o su sexualidad. Fue una forma de presentar a las alas de izquierda como destructivas y violentas y diferenciarlas de las feministas “sensatas” que terminarán integrándose a los gobiernos más o menos directamente. Esa integración consistió en incorporar funcionarias, dar apoyo electoral o pasivizar el movimiento, es decir, alentar la institucionalización de las demandas y la confianza en la intervención estatal como mecanismo para paliar las desigualdades en lugar de privilegiar la lucha contra el sistema social que las genera. 

La reacción antifeminista modelo Argentina 2024 usa mecanismos similares (ellos no lo saben, pero siguen la receta de una mujer, Phyllis Schlafly). Con algunas variaciones, el objetivo es casi idéntico: demonizar y deslegitimar la lucha contra la opresión. El periodista Buchwald de 1968 decía que las feministas querían “destruir todo lo que este país ama”. Acá hablan del “curro feminista”, del feminismo como bloqueo del crecimiento económico y la “agenda sangrienta” del aborto (de particular impacto en Argentina por la conquista histórica del aborto legal, seguro y gratuito).

Las demandas del movimiento feminista pueden tener apoyo más o menos masivo en diferentes momentos, pero si mirás de cerca te vas a dar cuenta de que muchas veces la movilización de las mujeres y las personas LGBT sirve de canal de expresión del hartazgo popular. Pasó en 2015 en las marchas de Ni Una Menos, pasó entre 2016 y 2018 en Argentina pero también en Chile, México, Estados Unidos, Polonia, el Estado español o Francia, por mencionar solamente algunos países donde el 8M y otras fechas tradicionalmente feministas se convirtieron en marchas masivas. A esa confluencia le temen los libertarios y todos los gobiernos (incluso los que muestran credenciales progresistas, porque a ningún gobierno le gusta que cuestionen sus prioridades). En el movimiento feminista hay diferentes perspectivas, no tiene sentido ignorarlo e ignorar que el silenciamiento de los debates en nombre de prevenir un mal mayor (“no seas funcional a la derecha”) explica una parte de la debilidad actual del movimiento social y político más relevante de los últimos años. ¿No es urgente discutir cómo volvemos a la calle y enfrentamos la reacción antifeminista que mueve la agenda oficial hoy? 

El odio, Victoria presidenta y el escuerzo

Después de una semana de internas salvajes y crisis política, el gobierno de Milei decidió desquitarse con las jubiladas y jubilados que cobran la mínima (adiviná si la mayoría son mujeres) y vetar el aumento módico que resultaría de la nueva ley de movilidad votada en el Congreso y el Senado. Otro blanco predilecto del odio oficial volvió a ser noticia con los nuevos requisitos del plan Acompañarsuspendidodesde diciembre de 2023 (no se otorgó un solo programa de acompañamiento a mujeres y personas LGBT que atraviesan situaciones de violencia machista). La modificación consiste en recortar el plazo de la asistencia económica de 262.432 pesos (salario mínimo vital y móvil) de seis a tres meses y sumar un nuevo obstáculo para solicitar esa asistencia, realizar la denuncia policial o judicial (siempre fue obligatorio acreditar la situación de violencia de género pero no era necesario acudir a la Policía o el poder judicial). No es un detalle, ¿cuántas mujeres van a pensar dos veces antes de ir a la comisaría, donde suelen desestimar su denuncia y son revictimizadas? No importa lo que digan, esta modificación no afecta a “las feministas”, es una política contra las mujeres pobres que son la mayoría de las beneficiarias

El día de las elecciones lo pasó presa por hacer enojar a un cura con bastante prestigio por su apoyo al sufragio femenino pero que se la pasaba haciendo sermones contra el amor libre. La arrestaron por exponer la doble moral del pastor Henry Ward Beecher al hacer pública una relación extramatrimonial. Pero lo más llamativo de esta historia es que Victoria Woodhull era candidata a presidenta en esas elecciones de 1872, la primera mujer de Estados Unidos. En una conferencia en el Steinway Hall de Nueva York, donde fueron a escucharla 3.000 personas porque se sabía que era una oradora tremenda, dijo: “tengo un derecho inalienable, constitucional y natural a amar a quien quiera, a amar durante el tiempo que pueda, a cambiar ese amor cada día si me place”, y entre aplausos y abucheos agregó: “tengo además el derecho a exigir un ejercicio libre y sin restricciones de ese derecho, y es su deber no solo concedérmelo sino también, como comunidad, velar por que yo esté protegida en él”. A diferencia de las sufragistas más conocidas, Victoria no venía de una familia rica y siempre había trabajado, insólitamente tuvo un paso muy exitoso por Wall Street y fundó una revista con su hermana, que publicó la primera edición en inglés del Manifiesto Comunista de Karl Marx. ¿De qué otra Victoria hablaría yo? ¿Quién soy? ¿Mayans?

“—Has de saber —le dijo— que el escuerzo no perdona jamás al que lo ofende. Si no lo queman, resucita, sigue el rastro de su matador y no descansa hasta que pueda hacer con él otro tanto”. Este diálogo está en el cuento “El escuerzo” de Leopoldo Lugones publicado en 1897. La frase aparece, casi textual, en las primeras escenas de El escuerzo, una película de terror de Agustín Sinay, que sigue la historia de Venancio, un gaucho de las sierras apurado por la guerra a hacerse adulto. La guerra es la Guerra del Paraguay por la que la leva se llevó a su hermano, proveedor del rancho que comparten con su madre, a la que se le nubla la vista cuando se entera del encuentro con la criatura. El viaje de Venancio a la posta de trueque se transforma en una película con muchas más capas que cualquier etiqueta de género y lleno de referencias de la literatura y el cine nacionales. Los ritos y las invocaciones, el cura y la hechicera, los fantasmas de la noche con los cuatreros y los sueños de los días con Catalina navegan las sierras y los valles cordobeses. Si estás en Buenos Aires, quedan algunas funciones en Cacodelphia, pero además la película se ve en su Córdoba natal y gira por el país. 

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13/8/24

La vida secreta del presidente


Cuando creés que no queda mucho por decir acerca de la denuncia por violencia de género de Fabiola Yáñez contra el expresidente Alberto Fernádez aparecen nuevas aristas. No sobre los hechos en sí mismos sino sobre las consecuencias políticas, las filtraciones y las guerras culturales en curso, por mencionar algunas. Más allá de la obvia utilización del gobierno de Milei, entre cuyos logros más visibles hoy está no ser Alberto Fernández, la denuncia profundizó y reabrió debates en sectores que apoyaron o formaron parte del gobierno del Frente de Todos. Hablé sobre esos diferentes usos de los feminismos en El Círculo Rojo (en clave de reaccionaria o como integración de determinados discursos a gobiernos autopercibidos progresistas). 

A pesar del morbo y la hipocresía, creo que hay ideas interesantes y aunque los debates no son nuevos, vuelven en un contexto muy diferente, marcado por la reacción antifeminista (en el oficialismo pero no solamente). El desmantelamiento de las políticas relacionadas con la violencia de género o la eliminación del ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad tienen como principal objetivo atacar al movimiento social y político con mayor impacto durante los últimos años (lo del ahorro fiscal es un adorno). Este nuevo escenario representa también nuevos desafíos, entre ellos recuperar la calle, volver a poner en el centro las demandas de la mayoría de las mujeres y personas LGBT y algo vital, mantener la independencia política del movimiento feminista (para que nadie nos reduzca a porcentaje electoral ni chivo expiatorio de pecados ajenos). 

Las consecuencias que prefieren no mirar. Debajo del morbo mediático y el ajuste de cuentas está la vida real. Cuando una persona famosa como Thelma Fardin o relevante como Fabiola Yáñez denuncia violencia sexual, psicológica o física, crecen las consultas, denuncias y pedidos de ayuda. Que la violencia patriarcal sea parte del debate público desnaturaliza las violencias que enfrentan las mujeres y personas LGBT todos los días, todavía a la sombra de prejuicios persistentes y discursos de odio oficiales. Las primeras en notarlo son las trabajadoras de la línea 144, vaciada orgullosamente por este gobierno. Según el informe de la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia y el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género, luego de los despidos “hay guardias de la línea que quedaron con solo dos trabajadoras a cargo, lo que hace imposible la sostenibilidad del servicio que se prestaba”. 

Aunque no quieran verla, la violencia machista está. Mientras el gobierno festeja haber eliminado casi todos los dispositivos de atención a víctimas de la violencia machista, la tasa de femicidios de Argentina sigue siendo alta. El observatorio de femicidios de la Defensoría del Pueblo de la Nación Argentinainformó que hubo 1 femicidio cada 29 horas durante el primer semestre de 2024. La provincia de Buenos Aires concentró la mayoría (60) de los 147 y Mar del Plata acumuló 4 en los últimos 3 meses. 

Hablé con Rosa Mauregui, miembro de la agrupación Pan y Rosas en esa ciudad, sobre una movilización del viernes 9 de agosto que tuvo mucha menos prensa que las filtraciones de chats e imágenes de la ex primera dama. Varias organizaciones y familiares de víctimas de femicidios convocaron una marchadespués de que se confirmara “el femicidio de Rocío, que estaba desaparecida desde el pasado viernes y del fallecimiento de Betiana la misma semana, luego de agonizar 25 días en el hospital interzonal por las lesiones que le causó su expareja. Con ellas, son cuatro los femicidios ocurridos en los últimos meses, ya que también fueron asesinadas Talía y Verónica”. Habla de Rocío FernándezBetiana Moreira, Verónica Martínez y Talía Aragón. Marcharon desde Luro y Mitre hasta la municipalidad rodeada de policías. Una de las que habló fue Marta Montero, mamá de Lucía Pérez, que “denunció al Estado y la Justicia como responsables de que los femicidios sigan ocurriendo y a la propia Policía que montaba guardia en la vereda … Nos llamó a no tener miedo, que el miedo nos paraliza, que las ‘calles son nuestras, son de las mujeres’. Que no tenemos que quedarnos en nuestras casas’”.

Los costos de ignorar la violencia machista son incalculables. Quizás este sea un punto de partida para volver al único lugar resistente a los silencios y los discursos de odio oficiales: la calle. La calle, que como dice Marta, es nuestra. 

La moral, las pasiones y la vida secreta del presidente 

El hecho más conversado estos días fue la filtración de videos privados en el despacho presidencial de la Casa Rosada (una invasión a la privacidad, que no deberíamos naturalizar sin importar la simpatía o antipatía por sus protagonistas). Esta no es la primera vez que la moral se mezcla en asuntos políticos y se equipara engañosamente a denuncias por corrupción, acoso o violencia de género (como en este caso). Ryan Murphy (me pongo de pie) le dedicó una entrega de su saga American Crime Story al escándalo que desató la denuncia de acoso sexual de Paula Jones contra el presidente Bill Clinton a fines de los años 1990 en Estados Unidos. En Impeachment se pueden ver ingredientes repetidos de estos escándalos: relaciones asimétricas, abusos de poder y mucha hipocresía. La serie se centra en la relación del presidente con la becaria de la Casa Blanca Mónica Lewinsky, que Clinton intentó mantener en secreto mientras la oposición republicana explotaba la indignación que provocó la relación extramatrimonial. El escándalo terminó teniendo más repercusión que la denuncia de acoso, incluyó una investigación del FBI y un juicio político. Bonus track: Sarah Paulson interpreta a Linda Tripp, que aportó pruebas clave y aconsejó a Lewinsky no lavar el vestido manchado de semen. 

Las pasiones es la segunda novela de Felicitas Jaime reeditada por De Parado. Jaime fue escritora y periodista, militante feminista y una de las primeras mujeres de la CHA (Comunidad Homosexual Argentina). La escritora Silvina Giaganti dice que su literatura “retuerce el sentido usual del discurso lésbico literario que se aloja, vaya si con motivo, en un espacio que a veces puede ponerse un poco grave, denso y solemne”, no para despreciar los relatos y la reflexión sobre los problemas sino para subrayar lo demás. Como en Cris & Cris, es escenario y protagonista una Buenos Aires que ya no existe pero también una ciudad que se resiste a morir a manos de la gentrificación que la vuelve monocromática y monoclasista. El corazón late en las historias de amor y de pasión de Bea, las noches de Lesbianópolis, el trabajo y los sueños publicitarios. 

El presidente es una novela de César Aira (Mansalva, 2019). El presidente tiene una vida secreta que empieza cuando cae la noche y, como los sultanes en los cuentos orientales, se funde con la gente común en los barrios populares, donde “todos querían escapar de la realidad, que la pobreza volvía intratable. La tensión se sentía en el aire: era un campo de expulsión permanente. Los ricos en cambio, por vivir en un mundo de fantasía, amaban la realidad”. Suena a novela política pero no sería una descripción verosímil de Aira, que dice con ironía que no se encuentra en sus libros nada que tenga que ver con “los derechos humanos” o “ la soledad del hombre contemporáneo”. Sí hay delirios, conspiraciones y ensoñaciones que se mezclan con realidades difíciles de identificar pero inconfundiblemente argentinas, como un apagón o el patio de las palmeras de la Casa Rosada. Y un hombre providencial que acepta las “altas misiones espirituales” y el “sacrificio” de abandono de los afectos, aunque Xenia la eficaz o la Rabina aureolada marquen sus días y sus noches. “No querer nada era, después de todo, lo más parecido a querer ser Presidente. Y él no había querido ni siquiera eso. Lo habían elegido a falta de alguien mejor”. Pero no, nada que ver con la política argentina. 

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