1/4/26

Una guillotina en el patio

 


 

Cuando se dio cuenta de que había elegido la prenda de ropa equivocada para el primer día de trabajo ya era tarde. En realidad, era lo único presentable en su guardarropa de estudiante y el recuerdo de su paso por el ingreso a Medicina (un sueño idealista que nació cuando vio las primeras masacres de la Segunda Guerra Mundial). Se reunió con el resto de las aprendices en la planta Caudron-Renault de Issy-les-Moulineaux, en las afueras de París. Antes del almuerzo ya sabía que las únicas personas con camisa blanca en la fábrica eran los jefes.

Simonne Minguet no había cumplido 25 cuando empezó a trabajar en la fábrica de aviones Caudron-Renault. Militaba en el Comité Comunista Internacionalista desde 1942, un grupo francés de orientación trotskista que se organizaba de forma clandestina bajo la ocupación nazi. No sabía que iba a participar de una experiencia histórica ni que se transformaría en la primera ajustadora de Francia, un puesto clave antes exclusivamente masculino. Sus compañeras enteladoras (las obreras más calificadas) le confeccionaron un mameluco a medida.

Hay pocos registros de la militancia de Simonne, como de muchas mujeres. De hecho, esta entrada tiene mucho que ver con la reconstrucción que hacen Edurne Portela y José Ovejero en Una belleza terrible (Galaxia Gutenberg) de la militancia de mujeres como Jeanne Martin o Vera Lanis. Vera es mencionada en algunas crónicas sobre el exilio de León Trotsky, pero en la novela la colocan en medio de la huelga de la fábrica Renault de 1938 y es la protagonista de su recorrido revolucionario. La diferencia es que Simonne escribió su historia en Mes années Caudron (Mis años Caudron: Caudron-Renault, una fábrica autogestionada en la Liberación).

Cuando se elige el comité obrero provisional en Issy-les-Moulineaux (París está en plena insurrección en agosto de 1944), Simonne se para sobre un banco y se presenta como candidata a delegada. Es elegida y lo primero que hace es ir con los demás a la oficina del capataz (al que odian todos, especialmente las mujeres, porque son el blanco predilecto de sus abusos). “Tengo el placer de comunicarle que ya no lo queremos y que no le queda más que largarse”, recuerda. Lo mismo pasa en el resto de los sectores y cuando se eligen las autoridades del comité, Simonne resulta secretaria adjunta.

Muy pronto es señalada como “agitadora”. Desorientados, los dirigentes del sindicato buscaban "al responsable de la IV Internacional en la fábrica"; tardaron en darse cuenta de que estaban buscando en el vestuario equivocado. “¡A esta Minguet la voy a echar a la calle!”, decía el jefe de los talleres, pero alguien le advirtió que no lo hiciera: “va usted a tener enseguida a toda la fábrica en huelga”. A Simonne la perseguían los directores de la fábrica, los burócratas del sindicato y los dirigentes estalinistas del Partido Comunista Francés, pero era querida y respetada por los obreros y las obreras; ese era su escudo.

Sin disciplina masculina que respetar

En 1945 las mujeres votan por primera vez en Francia y algunos sindicatos aprovechan el clima para reclamar la igualdad salarial (el convenio metalúrgico, como la mayoría, tenía una reducción del 10 % de los "salarios femeninos"). Cuando empezaron las asambleas y reuniones, Simonne advirtió la potencialidad de las trabajadoras cuando se organizaban “sin disciplina masculina que respetar”. “En la fábrica, siempre tenían prisa por salir para encargarse de su segunda jornada laboral: ama de casa, madre de familia. Por eso participaban poco en las reuniones sindicales o políticas (...) ‘mi marido está de acuerdo en que vaya a las reuniones con la condición de que la sopa esté lista y su camisa planchada cuando llegue a casa’”.

Durante esa campaña, llega a la fábrica de lamparitas Mazda: son todas mujeres, solamente hay un hombre (el capataz). Después de charlar sobre los salarios y elegir las delegadas que irán al ministerio a exponer los reclamos, le dicen a Simonne: “queremos crear una sección sindical, díganos cómo hacerlo”. Ese día vuelven charlando con Raymonde, una soldadora de Renault que la acompañaba en las recorridas, y las dos están entusiasmadas: no tienen experiencia pero tienen ganas. Esas obreras sin experiencia pero con ganas se arrojan a la mesa del ministro ni bien entran a su despacho. Le ponen el recibo de sueldo en la cara: “¿Qué haría usted con esto, señor Ministro?”. Nadie dijo nada más, pero ese mes dejaron de existir las reducciones salariales por género (la brecha salarial sigue existiendo pero se justifica y se oculta de otras formas).

Una vez que Simonne vio de cerca esa energía ya no pudo dejar de pensar en eso: “nuestras reivindicaciones particulares eran pocas. Aparte de la igualdad salarial (...) se hablaba también de guarderías cercanas a las fábricas para aliviar el cansancio de las madres obligadas a dejar a sus criaturas antes de ir al trabajo, en las guarderías del barrio. En Caudron habíamos puesto en marcha un proyecto de guardería que pensábamos instalar” (no llegan a concretarlo). Lo rescato igual porque creo que desmiente las supuestas jerarquías de las demandas. Cuando las organizaciones potencian en lugar de obstaculizar (como hacen demasiado seguido las dirigencias sindicales) no hay demandas secundarias, mucho menos las de las mujeres.

A la guillotina

En 1956 Simonne es detenida con Janine Weil por colaborar con la lucha de Argelia (excolonia francesa) y distribuir folletos clandestinos en la comunidad argelina en Francia. Al ser las únicas presas políticas en la cárcel Petite Roquette, terminan compartiendo pabellón con las llamadas “aborteras” y ahí conoce los primeros pasos de la lucha por el derecho a decidir.

Una de las monjas encargadas de la vigilancia le cuenta que en 1943, durante la ocupación nazi, habían asesinado a una mujer en la guillotina en el patio de la cárcel por realizar abortos. Su nombre era Marie-Louise Giraud. Las penas por aborto venían endureciéndose desde 1939; el régimen colaboracionista (cuyo lema era “Trabajo, familia, patria”) lo transformó en un “crimen contra la seguridad del Estado” y el castigo era la muerte. La pena capital fue derogada luego de la liberación, pero el derecho al aborto tuvo que esperar hasta 1975 para ser legalizado de forma provisional y hasta 1979 de forma permanente (después de una marcha masiva que persuadió a los dubitativos, como sabe hacer la calle).

“Las mujeres sacuden las bases principales del patriarcado que descansa ante todo sobre la esclavitud más o menos enmascarada de las mujeres. Así, añaden a la lucha de clases una dimensión nueva, considerable”. Simonne lo escribe cuando esa intersección entre la clase y el género era un poco más solitaria para las socialistas. “La suerte de las mujeres está ciertamente ligada a los progresos de la revolución socialista: ligada pero no supeditada. Y con un programa de emancipación total bien elaborado, las mujeres podrán imponerse hoy en el movimiento obrero”.

Aunque 1997 no fue el año más fácil para la lucha revolucionaria (el “fin de la historia” de Francis Fukuyama todavía encandilaba a muchos), Simonne termina su libro con “Una nota de optimismo” y parafrasea a Gracco Babeuf, un revolucionario de 1789: “la Revolución francesa no es más que la precursora de una revolución mucho más grande y mucho más solemne y que será la última” (es una frase de El manifiesto de los iguales de 1796). Cuando sobraban los agoreros del final, propuso una perspectiva optimista y de largo aliento, aun cuando esa última revolución no estaba a la vista.

Maternidad, perros y felices pascuas

Maternidad: ¿Deseo o mandato? Arrepentidas, estafadas y el deseo de no ser madres (Planeta) de Lala Pasquinelli vuelve sobre un tema que nunca se agota porque los prejuicios y estereotipos que se construyen alrededor de la maternidad se reciclan todo el tiempo. Desde la maternidad como “consecuencia natural del género” a los debates sobre subrogación, romantización y la construcción del deseo siempre en tela de juicio. La psicóloga feminista Juliet Mitchell dice que el capitalismo idealiza la maternidad y, a la vez, la hace imposible (la idealiza en condiciones que son imposibles para la mayoría, a las que condena a una realidad muy lejos de ese ideal). En esa disyuntiva está la mayoría de las mujeres, como se ve en la conversación colectiva que acompaña el libro con testimonios recolectados por la iniciativa de Mujeres que no fueron tapa, que le dan un valor muy concreto a decisiones que se juzgan todos los días.

“Todo lo que no soy yo” es un relato de Los potrillos nacen ríos (Penguin) de Sofía de la Vega. Es la perspectiva de un perro en el cerro y todo lo que conoce con su olfato y sus patas. Mi cuento favorito es “Tincazo”, un caballo que reflexiona tan hondo que te conmueve, pero cuando llegué al relato del perrito me hizo pensar en “A un perro herido”, un poema del escritor William Carlos Williams que empieza diciendo: “Soy yo, no la pobre bestia ahí tirada”. William Carlos Williams fue una inspiración y algo así como un profeta para la generación beat (aunque dicen por ahí que le recomendó a Allen Ginsberg cortar a la mitad su poema “Aullido”; por suerte no le hizo caso).

El primer epígrafe de Una belleza terrible es un fragmento del poema “Pascua, 1916” de W. B. Yeats: "¿Y si un exceso de amor los deslumbró hasta su muerte? (...) Ha nacido una belleza terrible". El poema recuerda el levantamiento de Pascua de 1916, uno de los pasajes —el último— del sueño revolucionario de una Irlanda independiente, que en su constitución proclamaba iguales derechos políticos a todas las personas. Aunque no llegó a hacerse realidad, fue la promesa de que aquella vez la independencia no dejaría a las mujeres afuera. Constance Markievicz, la condesa roja, la que besó su revólver antes de entregarlo a las autoridades cuando los derrotaron esa Pascua de 1916, no se consagró como Yeats pero escribía poesía para escapar del insomnio en la cárcel: "no puedo dormir y sin embargo sueño".

 

11/3/26

La enfermedad del feminismo


Cada tanto vuelve a circular el origen de la palabra feminismo. Cerca del 8M u otro aniversario, alguien revisa el dónde, cuándo y por qué de la primera vez. Me interesan mucho las historias de las primeras veces, cuándo alguien dijo “esto se va a llamar así” y cuándo encuentra el cauce que la hace parte del lenguaje común de un movimiento o una generación. La curiosidad aumenta cuando las palabras son expropiadas y subvertidas. Es lo que pasó con la palabra feminismo. 

Existe un consenso: el primer registro escrito es de 1871 en un texto en francés sobre la tuberculosis. Era la tesis doctoral de Ferdinand Valère Faneau de la Cour titulada Du féminisme et de l'infantilisme chez les tuberculeux (Feminismo e infantilismo en los tuberculosos). Faneau de la Cour decía que algunos varones con tuberculosis desarrollaban “características femeninas”: voz aguda, falta de barba, pestañas largas, caderas ensanchadas y hasta crecimiento de senos. Llamó feminismo a lo que consideraba una alteración patológica del desarrollo masculino. Mi parte favorita es cuando el doctor observa en sus pacientes tendencias pasionales o exceso de emocionalidad (para nada influenciado por los prejuicios acerca del género femenino). 

Hay versiones de apariciones previas en comentarios sobre la “mirada femenina” en producciones culturales o en definiciones enciclopédicas de las “cualidades de las hembras” (sic). Me gusta la versión del doctor porque creo que representa el sentido negativo de lo femenino tal como se entendía entonces. Por supuesto, nada de esto tenía que ver con ideas pioneras de gente como Flora TristánMary Wollstonecraft o el socialista utópico Charles Fourier y su “medida natural” del grado de la emancipación de una sociedad en la emancipación de las mujeres. 

En 1872, Alexandre Dumas hijo usó la palabra en su panfleto “L'homme-femme” (“El hombre-mujer”), en el que criticaba a los varones que apoyaban el reclamo de igualdad. Feministas, les dijo, y no como un halago. Diez años después, una sufragista francesa escribió feminista en una carta en la que defendía el derecho de las mujeres a cuestionar leyes que consideraban injustas. No fue instantáneo pero Hubertine Auclert trajo la palabra hacia nuestro lado de la historia y no hubo vuelta atrás. 

Feminismo dejó de ser una enfermedad y empezó a ser la palabra de la lucha contra la opresión y por la igualdad. Se transformó, se ensanchó, se criticó y autocriticó, no alcanzó para definir todas las ideas y se combinó con otras. También se usó para objetivos ajenos (si conocés estas entregas, quizás digas mentalmente “no de nuevo” pero si tenés ganas de leer o releer, acá vas a encontrar muchas versiones). Siguió siendo esa palabra “tan fea” para algunos, como ironizaba Alfonsina Storni, porque siempre expuso la miseria de la “igualdad ante la ley” de las democracias capitalistas. Y cuando se usa como insulto expone el odio del emisor ¿o en realidad es miedo? a la advertencia de pioneras como Louise Michel: “Cuidado con las mujeres cuando se sienten asqueadas de todo lo que las rodea y se sublevan contra el viejo mundo. Ese día nacerá el nuevo mundo”. 

“La palabra feminista, ‘tan fea’, aún ahora, suele hacer cosquillas en almas humanas. Cuando se dice ‘feminista’, para aquellas, se encarama sobre la palabra una cara con dientes ásperos, una voz chillona. Sin embargo, no hay mujer normal de nuestros días que no sea más o menos feminista. Podrá no desear participar en la lucha política, pero desde el momento que piensa y discute en voz alta las ventajas o errores del feminismo, es ya feminista” (Un libro quemado. Editorial Excursionistas). Cuando Alfonsina escribió “aún ahora”, había pasado casi una década desde el Primer Congreso Femenino Internacional de 1910 en Buenos Aires, que reunió los reclamos urgentes de su época: igualdad de derechos, educación laica y mixta; igualdad salarial, derechos laborales (especialmente la licencia por maternidad), derecho al divorcio y al voto. 

Igual que en 1910, el movimiento feminista no se reduce a un reclamo único (mucho menos a un ministerio o un resultado electoral). Es un movimiento con fuerzas motoras múltiples y muy seguido funciona como amplificador de otros reclamos y otros movimientos. Creo que algo de eso pasó el último 8M en Argentina, en un clima social que empieza a cambiar mientras las promesas del ajuste infinito se desmoronan y el presidente balbucea en Estados Unidos. El feminismo sigue presente en los sueños de las que no pueden dormir por las deudas, la autoexplotación, el machismo y los discursos revanchistas pero sobre todo sigue presente en las pesadillas de los que hoy tienen poder (y se apresuran a cantar victoria en batallas que no ganaron, ¿o qué fue ese spot de odio oficial el Día Internacional de las Mujeres?). 

Creo que nunca tuvo tanto sentido la palabra feminista y, a la vez, nunca tuvo tan poco sentido ser feminista a secas porque “la pregunta importante no es si es posible que exista un capitalismo sin discriminación de género, sino si esa sería una igualdad por la que valga la pena luchar”. Esa pregunta de la filósofa inglesa Lorna Finlayson me parece cada día más vigente. Después de la marcha en la Plaza de Mayo en Buenos Aires, Myriam Bregman (que es diputada nacional y referente del Frente de Izquierda y el Partido de Trabajadores Socialistas) habló en el acto de la (mi) agrupación Pan y Rosas y dijo algo que me recordó aquella pregunta: “¿Por qué somos socialistas? Más que nunca. Este capitalismo no tiene nada que ofrecerle a las mujeres, nada que ofrecerle a las disidencias sexuales, nada que ofrecerle a las niñeces, nada que ofrecerle a las adolescencias”. “Porque en el capitalismo no hay futuro”, militar, organizarse, ponerle el cuerpo a las palabras y a las ideas nunca tuvo tanto sentido como hoy.

Bibliografía obligatoria

Vidas rebeldes, experimentos hermosos (Tinta Limón 2026) de Saidiya Hartman navega en transcripciones judiciales, informes de la Policía y otros archivos oficiales de finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Lo interesante es la lectura “a contrapelo” que propone para romper el discurso oficial sobre las mujeres negras como problema y transformarlos en relatos y reflexiones sobre los cambios que provocaron la vida urbana y el trabajo asalariado. Hartman escribe que “la frase mujer a medias anunciaba el fracaso de la mujer negra a la hora de cumplir las aspiraciones de la feminidad o de alcanzar el estándar de ser humano. Grandes peligros aguardaban a quienes vivían en la brecha léxica entre mujer negra y mujer”. La lectura subversiva de archivos oficiales de alguna forma coloca a este libro en un estante cercano a los textos reunidos en Acerca del suicido de Karl Marx, que traducen y comentan archivos de la Policía de París durante la Restauración posterior a la Revolución de 1789. En esos archivos, Marx y el propio archivista oficial Jacques Peuchet encontraron rastros de la asfixia que significaban para las mujeres las tiranías que seguían en pie (la familia y el matrimonio) y los mecanismos legítimos de violencia que se ejercían contra ellas como si fueran una pieza más del inventario. 

Llegué muy tarde a ver La gaviota, que adaptaron Rubén Szuchmacher y Lautaro Vilo (dirigida por Szuchmacher). Si estás leyendo el miércoles tenés cinco oportunidades para verla en la sala Casacuberta del teatro San Martín en Buenos Aires. A lo mejor te suena raro lo que voy a decir pero esta obra de teatro de Antón Chéjov de fines de los años 1800 es una alteración perfecta del orden del doomscrolling, esos momentos en los que podemos estar ausentes moviendo hacia arriba la pantalla del celular mirando noticias, memes o publicidad y llenar los pequeños vacíos que deja la hiperproductividad. La gaviota propone, en cambio, presencia y contemplación durante un puñado de minutos, sumergirse en un bosque ruso y cambiar de tema. Nada de esto significa que no hable de cosas importantes o que no haya en ese texto críticas sobre la sociedad de entonces (que casi siempre pueden traducirse en ideas para pensar la nuestra). En el escenario -que arman y desarman todo el tiempo- circulan las ambiciones y las frustraciones de Konstantin (Juan Cottet), su madre Irina (Muriel Santa Ana), el escritor Trigorin (Diego Cremonesi) y Nina (Carolina Kopelioff), algunos de los personajes que flotan en el bosque. 

5/12/25

En contra de lo útil


Casi con el pan dulce en una mano y la sidra en la otra, me despido por este año, que parecen dos comprimidos en uno. Un poco por el ritmo frenético argentino, un poco porque la vida en el capitalismo contemporáneo es frenética. Además del trabajo, que organiza la vida de la mayoría, nuestro tiempo fuera de él es ocupado por el trabajo reproductivo y de cuidados, que hoy incluye gestionar el endeudamiento y los malabares para estirar hasta el último peso con promociones y descuentos (si sos una mujer, todo se multiplica). Pero no termina ahí. La fracción del día que queda suele estar colonizada por el consumo (que no es solo comprar sino también las plataformas y las redes sociales, donde se consumen contenidos productosy la idea de que no estamos haciendo algo “útil”, no lo estamos “aprovechando”. El tiempo libre, el ocio, el “no hacer nada”, se volvieron una rareza en nuestras vidas. 

En Argentina, se prepara el debate de una reforma laboral con las narrativas de ocasión (modernizar, liberar, flexibilizar) pero todos los cañones apuntan a precarizar, exprimir y explotar. El tiempo siempre fue un campo de batalla entre trabajadores y trabajadoras y empresarios. Hoy no es la excepción y existe un nivel extra de dificultad por todas esas cosas que nos van comiendo el tiempo libre que -dicen- “no sirve” para nada. 

En esta conversación de Natalia Romé y Carolina Ré con Mechi López Ortiz en Estratósfera hablan de política, trabajo, tecnología y algunas ideas de futuro que dan vueltas. La charla está llena de ideas sugerentes, reflexiones sobre el tiempo y cómo el neoliberalismo no es solamente algo que pasa por arriba sino que moldea nuestra relación con él, nuestra forma de pensar los vínculos interpersonales y a nosotros mismos. Natalia Romé lo resume en la idea de “neoliberales somos todos” porque el neoliberalismo es un clima de época dominante, una trama más profunda que solamente algo político o económico. Carolina Ré habla sobre cómo la noción de lo eficiente inunda muchos aspectos de nuestra vida: “la lógica de la eficiencia, esto de hago algo por su uso… por lo que me va a servir como proyecto. Lo podemos pensar inclusive en los vínculos amorosos; todo el mundo se queja, “hoy las relaciones no duran, se cortan enseguida”. Bueno, porque hay algo más que la propia relación, es cómo estamos tramados en donde primero pensamos en nuestro bienestar, en nuestro beneficio, en la eficiencia que nos otorga ese vínculo de alguna manera… Estoy hablando ni siquiera de parejas consolidadas, sino en vínculos amorosos, de cualquier índole, amistades, sexoafectivos. Ahí también hay una lógica de “¿para qué voy a gastar mi tiempo en tres citas si después esto no da para nada?”. 

Algo muy interesante que aparece en la conversación es cómo el movimiento feminista y su hacer colectivo proponen otras formas de pensarnos. La reacción antifeminista también tiene que ver con esto, por eso no se limita a los discursos de Milei y La Libertad Avanza, porque en un momento marcado por lo individual, la meritocracia y la eficiencia (ideas que no aparecieron en diciembre de 2023), los feminismos recuperaron el lenguaje colectivo de las huelgas, los paros, la acción callejera, la asamblea y el debate permanente. Y algo que ambas señalan es que la institucionalización se alejó de ese poder para reducirlo a algo que ofrezca resultados, que produzca un “efecto ya, un efecto calculable, medible”, explica Natalia Romé, “y entonces eso nos lleva la política solamente al terreno de lo electoral. La política es muchas otras cosas”. La charla sigue por mil lugares, todos interesantes, por eso vuelvo a insistir en la recomendación. Pensar cuán profundo llega a impactar esta trama neoliberal en nuestras subjetividades me parece vital para disputarla en la calle siempre, pero también en la batalla cultural (que no es otra cosa que una batalla por las ideas, por las formas de imaginar otro mundo, otro futuro y, de esa forma, construir otro presente). 

“La política es muchas otras cosas” también me parece algo para tener en mente cada vez que algún streamer o político te quiera convencer de que lo que queda es esperar a la próxima elección. Los tiempos de la política (o de la vida) no son los tiempos electorales y los resultados suelen ser menos lineales que circunstanciales, por eso siempre me interesan los debates y las conversaciones que discuten el fatalismo y el derrotismo. Mientras los analistas del “no pasa nada” o “esto votaron” repiten el “hecho consumado” como dogma, se amasan resistencias, se preparan ofensivas, se recuperan tradiciones que parecían olvidadas y nacen nuevas. No es un ejercicio de fe sino de historia, no hay evoluciones naturales ni futuros inevitables; la acción colectiva, la rebelión, la lucha de clases, fueron siempre el motor de los cambios. “No se trata de endulzar el diagnóstico, sino de evitar que esa gravedad se transforme en parálisis. Hay que nombrar sin eufemismos, pero es una obligación identificar los puntos donde se condensa la tensión y organizar fuerza para intervenir cuando esas tensiones se rompan”, esto es de una de las editoriales de Fernando Rosso en El Círculo Rojo y me gusta como respuesta a los dogmáticos de la derrota. Disculpas por repetir, pero creo que sigue siendo indispensable resistir retrocesos y reacciones, insistir aunque no sea vistoso y persistir aunque parezca que nadie está escuchando.

Bajar un cambio 

Siempre me gustaron los días entre Navidad y Año Nuevo porque, aunque son un poco melancólicos, cuando era chica me parecía que el mundo se detenía un rato incluso en medio del caos. En la vida real nada se detiene pero quizás pueden ser una excusa para bajarse un poco de la eficiencia y la productividad permanente de las cosas útiles

Acá te dejo las entregas de este año (y podés leer todas las anteriores en www.nosomosunahermandad.com): 

Esto es una emergencia

¿Sueñan las robots con novios deconstruidos eléctricos?

Toque de queda

El cuarto y la fábrica

La zurda que diseñó tu cocina

¿Segundo Francia?

Décadas ganadas

Una niñera filipina

Resistir, insistir, persistir

Ni señora ni señorita

Cinco años de “es más complejo”

La importancia de llamarse Belén

Escrito en el cuerpo

Levantar la voz

¿Bebés en extinción?

Látigos y votos

Me despido (atenta a cualquier emergencia) y espero que termines el año con la gente que querés cerca, festejes lo que te guste festejar y disfrutes si sos más de comer una pizza mirando Duro de matar el 24 de diciembre.