24/8/21

Porno por celular

 

Quizás les parezca que este tema no tiene que ver estrictamente con otros que leen en esta newsletter, pero van a ver que sí. No sé ustedes, pero cada vez que una empresa o un Estado dice que va a pelear contra algo (muchas veces reproducido constantemente en las condiciones creadas por ellos mismos), a mí me suena a cuando usan los derechos de las mujeres para justificar casi cualquier cosa (un yogur, una ocupación militar, la censura o la invasión a la privacidad).

¿Quién diría que no?

La compañía Apple anunció una serie de medidas para detectar imágenes de explotación sexual infantil y adolescente en sus dispositivos de Estados Unidos a partir de 2022. Utilizarán neuralMatch, una herramienta que escanea archivos antes de subirlos a la nube de almacenamiento. ¿Cómo funciona? Se contrastan las imágenes con la base de datos del Centro Nacional de Niños Perdidos y Explotados (NCMEC, por sus siglas en inglés), si hay coincidencias, una persona de Apple analizará el archivo, desactivará la cuenta del usuario si lo considera y notificará al NCMEC. ¿Cuáles son los criterios? No los conocemos, salvo la utilización del hash (un DNI de los archivos comprimidos) para comparar con la lista de contenidos identificados con la explotación sexual infantil.

Jimena Valdez es economista y doctora en Ciencia Política, escribe sobre plataformas y empresas tecnológicas en su newsletter Burofax de Cenital. “Creo que la trampa de esta innovación particular, neuralMatch, está en algo mucho más general de las aplicaciones de internet y tiene que ver con necesitar cada vez más estas aplicaciones. Esto es, las aplicaciones crean los problemas y luego te ofrecen ellas mismas las soluciones, pero de ese modo te atrapan hasta el infinito. Por supuesto el abuso infantil existía antes, pero toma otra forma y tiene otras facilidades a partir de internet, las redes y la conexión permanente desde cada vez más niñes. Las empresas no ignoran esos problemas, pero las soluciones que proponen en general tienen que ver con regularlas menos, darles más poder, y exigirles menos cosas. O sea, déjame a mí, yo me ocupo. Pero en ese ocuparse hay un dejar hacer al sector privado concentrado que es problemático.”

¿Quién se opondría a frenar el crecimiento de la explotación sexual de niños y niñas? Pero la introducción de estas tecnologías vuelve a abrir interrogantes acerca de las líneas que se cruzan con respecto a la privacidad, quién y en nombre de qué decide cuándo es aceptable que los Estados y las empresas espíen a las personas. Diferentes organizaciones critican, hace décadas, la vigilancia digital. Erica Portnoy e India McKinney de Electronic Frontier Foundation son muy claras sobre los riesgos. “Lo dijimos antes y lo diremos de nuevo: es imposible construir un sistema de escaneo que se utilice solamente en imágenes sexualmente explícitas enviadas o recibidas por niños. Como consecuencia, incluso el esfuerzo bienintencionado de construir dicho sistema romperá promesas clave acerca de la encriptación del servicio de mensajería y abrirá la puerta a abusos más importantes”.

Jimena menciona un lugar común cuando se señalan estos problemas: “un argumento muy común entre los norteamericanos es que esta concentración de información en manos privadas no es grave pero abre el peligro de que sea explotada por gobiernos autoritarios (como China, donde Apple hace negocios y se lleva muy bien con el poder), yo difiero por dos motivos. Primero que Estados Unidos (y seguramente otros países más democráticos) no se quedan atrás en términos de vigilar y castigar (recordemos las revelaciones de Edward Snowden a gran escala, pero también los contratos entre las fuerzas de seguridad internas y empresas tech de seguridad). Segundo, la concentración de nuestra información en manos privadas es grave en sí misma. ¿Con qué autoridad van a regular los gobiernos a empresas privadas que tienen tanto poder?”

Pandemia de vigilancia

El contexto en el que Apple toma esta medida está signado por el aumento de la vigilancia desde el inicio de la pandemia de Covid-19. Durante 2020, países como Corea del Sur, Estados Unidos y China, entre otros, emplearon sistemas de vigilancia, con ese argumento, en colaboración con las empresas tecnológicas. Siempre que los Estados recortan libertades individuales utilizan como justificación causas “indiscutibles”: pelear contra el terrorismo, contra una pandemia o contra la explotación sexual infantil, y casi nunca se repliegan por voluntad propia.

 “No tenemos ninguna razón para creer que las agencias del gobierno deseosas de expandir sus poderes en respuesta al Covid-19 estarán dispuestas a que esa autoridad desaparezca una vez que el virus sea erradicado”, esto lo dice Albert Fox Cahn, de la organización Surveillance Technology Oversight Project, y hasta ahora no se equivocó en nada. Las alarmas que se encendieron en 2020 y vuelven a encenderse hoy se apoyan en el precedente del Acta Patriótica, que habilitó la vigilancia sobre la población de Estados Unidos luego del atentado a las Torres Gemelas en 2001. Entonces, el Congreso votó una serie de medidas que expirarían en 2005, pero tuvo extensiones sucesivas. ¿Por qué deberíamos confiar que los Estados actuarán de otra forma?

Muchas veces escuchamos “¿cuál es el problema con que sepan todo lo que hago?”. Jimena dice que hay una respuesta para esa pregunta: “en primer lugar, lucran con tus datos en un contrato no escrito. En segundo lugar, tus datos son usados para modificar tu comportamiento. Y si esto te parece una fantasía de ciencia ficción pensá en cómo no podés soltar el celular a pesar de que querés leer un libro, prestar atención a lo que te dice tu amiga o simplemente mirar el techo.” Eso solo amerita algo de preocupación de nuestra parte sobre la cantidad de datos que manejan las empresas, los Estados y qué pasa cada vez que trabajan juntos, incluso cuando dicen que es para “protegernos”.

Mercantilizame que me gusta

Onlyfans anunció que a partir del 1 de octubre prohibirá el contenido sexual explícito en su plataforma. Hay que reconocer que no disfrazó su decisión de nada, explicó que lo hacía “para cumplir con las demandas de nuestros socios bancarios y accionistas”. Mastercard había anunciado que solicitaría a cualquier sitio que use sus tarjetas que “no solo verifiquen completamente a cada usuario y cada persona que aparece en cada video para adultos, sino que revisen todo el contenido antes de la publicación, incluida la revisión en tiempo real de las transmisiones en vivo”. Imposible.

A lo mejor no escuchaste hablar de Onlyfans. Es una plataforma a la que te suscribís para acceder a contenidos (una gran parte es erótico) a demanda, es decir, la gente paga por lo que quiere ver: desde pies hasta diferentes tipos de pornografía. Se calcula que tiene 130 millones de usuarios y usuarias y 2 millones de creadores y creadoras de contenido. Aunque circulan historias de éxito (esas que le gustan a Infobae), la mayoría no se enriqueció. La plataforma se queda con el 20 % de las ganancias, además de controlar el algoritmo que ordena todo, más cerca de la precarización laboral que del emprendedorismo, la libertad y el empoderamiento.

Antes de esta restricción, Onlyfans ya encendía muchos debates alrededor de las condiciones en que se generan contenidos relacionados con la pornografía y las conexiones con la prostitución, desde quienes defieden la plataforma como una alternativa más “segura” y quienes la describen como una vía más de explotación sexual. Muchos de estos debates atraviesan el movimiento feminista hace décadas, desde las llamadas “Guerras feministas del sexo” hasta la discusión sobre abolición o regulación (que contiene muchos más problemas que esta simple oposición). Lo que distingue el debate actual es el contexto agudizado por la pandemia de Covid-19, que transformó estas plataformas en un ingreso, especialmente para personas jóvenes.

En una entrega anterior, hablamos sobre cómo la mercantilización e hipersexualización son la tormenta perfecta para que los individuos sean reducidos a mercancías, incluso con discursos de liberación y empoderamiento feminista. La idea de la “libertad sexual” convive y muchas veces se utiliza para esconder desigualdades existentes y generar nuevas. Muchos de los “males” por los que culpa a Onlyfans o Porhnub existen fuera de internet, la tecnología puede transformar los problemas y generar nuevos pero no existen de forma aislada. Y, en general, la preocupación de las empresas llega cuando su imagen o sus inversiones están en riesgo. De hecho, antes de Onlyfans,  Mastercard y Visa suspendieron sus servicios en Pornhub (página de contenidos pornográficos) luego de que un artículo del diario The New York Times expusiera imágenes de explotación sexual adolescente e infantil. Pornhub terminó eliminando el 65% de su catálogo luego de la suspensión. Mastercard adujo que no quería mezclarse con negocios ilegales pero casi nadie duda de que seguirían haciéndolo si no hubieran sido expuestos.

The Deuce, Toque de queda y un nazi en el campus

“Si hubiésemos propuesto hacer una serie sobre la pornografía después del caso de Harvey Weinstein, no nos hubiesen dejado hacerla”, dijo David Simon en una entrevista y probablemente tenga razón. Ya recomendé The Deuce pero consideren esto una segunda oportunidad. Como todo lo que hace Simon, The Deuce tiene muchas capas e historias que se entrecruzan, el surgimiento de la industria pornográfica mientras se metamorfosea el negocio de la prostitución, en una Nueva York que desaparece (a manos de la gentrificación) mientras se apagan las brasas de la segunda ola feminista. Para quienes les interese el debate sobre la pornografía, hay un cameo de Andrea Dworkin en una reunión feminista, cuando Eileen (Maggie Gyllenhaal), devenida directora de cine, se pregunta si su mirada puede incidir en la industria. No hay respuestas simpáticas ni sencillas.

Toque de queda (La bestia equilátera) de Jesse Ball narra la vida en la ciudad de C. donde un régimen totalitario vigila a la población. William Drysdale y su pequeña hija muda Molly tratan de vivir una rutina autoimpuesta para pasar desapercibidos luego de la desaparición de Louisa, esposa de William. Lo que más me interesó de esta novela cuando la leí es que el régimen policial no es producto de un golpe militar: se trata, sugerentemente, de una democracia que deviene totalitaria.

The Chair se trata de tantas cosas que sería difícil agruparlas en una sola etiqueta. Sandra Oh interpreta a Ji-Yoon Kim, una profesora universitaria que acaba de ser nombrada directora del departamento de Inglés (the chair en inglés, de ahí su nombre). Kim está entusiasmada y orgullosa de ser la primera mujer (que además no es blanca) en llegar a esa silla, pero muy pronto se ve lidiando con las autoridades de la universidad que quieren deshacerse de los profesores más viejos, convocan a David Duchovny (que es Mulder, no Scully, como dice torpemente el decano para confirmarnos que todo lo que sucede fuera de su despacho le es ajeno) como docente estrella y solo tienen respuestas atrofiadas para las inquietudes de sus estudiantes (que tampoco son los héroes de esta historia). También podría decir que se trata de un profesor que parodia el saludo hitleriano en una clase sobre fascismo y desata protestas y debates llenos de quiebres generacionales y políticos.



10/8/21

Voldemort debajo de mi velo


Hoy culminan los festejos del año nuevo musulmán, la primera vez que asoma la luna creciente durante el mes de Muharram. Para quienes no practicamos esa religión ni conocemos su cultura, la imagen más cercana que tenemos se basa, en gran parte, en una serie de estereotipos de lo que es una persona musulmana.

Saira canta “Disculpá si te doy miedo, también me doy miedo a mí misma. Pensás que soy aterradora, ¿puede ser que sepas? ¿Qué podría esconder? Voldemort está vivo y está debajo de mi velo”. [Si no tienen exposición al mundo Harry Potter: Voldemort es el personaje antagónico de Harry.] Saira es la cantante de una banda punk de chicas musulmanas que viven en Londres. La banda se llama We Are Lady Parts y le da nombre a la serie de la que es protagonista.

La canción habla de uno de los símbolos más reconocibles de la comunidad musulmana. El velo en todas sus variantes está cargado de significados, incluso para quienes no somos parte ni conocemos nada sobre ella. Alrededor del velo se construyen muchos prejuicios, incluso en el feminismo hay corrientes que apoyan su prohibición en países como Francia o Suiza y se estigmatiza a las mujeres que lo usan. Sabemos tan poco que no reconocemos las diferencias, en We Are Lady Parts aparecen el velo, el niqab y el hiyab.

La creadora de la serie Nida Manzoor contó que estaba cansada de ver “las narrativas estereotipadas de las mujeres musulmanas en los medios [que las presentan] como víctimas oprimidas, sin voluntad ni individualidad”. Seguramente Manzoor corra con ventaja en los debates sobre la representación porque, a diferencia de otras guionistas y directoras, tiene claro que no está mostrando ninguna realidad sino que la está representando. Es decir, está mostrando su lectura y su modo de ver la experiencia de ser una mujer musulmana en una ciudad como Londres. En el mismo artículo dice “Estoy nerviosa. ¿Qué pasa si las represento mal?”.

En un formato de comedia, We Are Lady Parts cuenta la historia de un grupo de chicas para las que ser musulmanas no es la única característica que define sus vidas. Ayesha es conductora de Uber, Saira trabaja en una carnicería, Momatz vende lencería sexy. Ninguna de las tres responde a la imagen que tenemos en la cabeza cuando pensamos en una mujer con velo. Algunas están en pareja, otras no, salen con varones, con mujeres, sus familias son diferentes, no todas tienen la misma relación con la religión. Con una idea relativamente sencilla, se escapa de la trampa de la representación que nos muestra solamente una forma de ser mujer musulmana.

Nos acostumbramos demasiado a que en las producciones culturales la gente sea muy parecida entre sí y, a lo sumo, haya algunos personajes “diferentes”. En general, ese “diferente” está construido en base a un punto de vista específico y a estereotipos. Cuando alguien es presentado como “el otro”  suele estar reducido a una característica que es esencializada: su etnia, su religión, su sexualidad, su género. Cuando, en realidad, las personas somos muchas cosas a la vez.

“El estereotipo tiende a ocurrir donde existen grandes desigualdades de poder. El poder suele estar dirigido en contra del grupo subordinado o excluido”. Esto lo escribió el sociólogo y teórico cultural Stuart Hall, cuyas reflexiones sobre la cultura de masas siguen siendo una guía para pensarla, aun en la era del “consumo de contenidos” en la que las plataformas y algoritmos metamorfosean producciones y audiencias.

Estereotipos (también en el feminismo)

Muchas de las críticas y cuestionamientos a la imagen que se muestra de las mujeres en los medios de comunicación vinieron y vienen de sectores del feminismo. De hecho, uno de los textos que se consideran fundacionales de la oleada feminista de los años ‘60 y ‘70 en Estados Unidos, Mística de la feminidad de Betty Friedan, recorre y critica varios de los estereotipos reproducidos sobre el lugar de las mujeres en la sociedad. Desde ese momento, y probablemente antes, se evidenciaron las tensiones que siempre existieron dentro de un movimiento atravesado por diferentes perspectivas de clase y etnia, entre otras. 

Gran parte de los análisis sobre los estereotipos de mujeres compartían, según Joanne Hollows en su artículo “Feminismo, estudios culturales y cultura popular”, “el objetivo feminista liberal de integrar a las mujeres en el sistema actual en pie de igualdad con los hombres.” Esa crítica, como los programas políticos dentro del feminismo, se construyen también sobre versiones específicas de “la realidad”. Hollows señala que las críticas presuponen que “lo que significa ser un hombre o una mujer es simple, auto-evidente, invariable e ignora las maneras cómo las identidades de género son cortadas por otras formas de identidad cultural como la raza o la clase.” Hoy existen varias críticas a ese objetivo liberal de “igualdad a secas” con los varones, sin embargo, la mayoría de las producciones mainstream (incluso las que se presentan como feministas) trabajan sobre un estereotipo de lo que es una mujer y también lo que es una feminista.

The Bold Type es un ejemplo de esas producciones. Presentada como “la serie feminista que deberías ver con tu hija”, contiene un combo de imágenes e ideas que se ajustan no al feminismo sino a un programa específico dentro de un movimento muy heterogéneo. Ese discurso feminista es el que a menudo se utiliza para legitimar otros como la meritocracia y, en general, es acompañado por ideas como inclusión, diversidad y libertad individual, todas útiles para lavar las marcas de nacimiento que las democracias capitalistas no pueden esconder.

La xenofobia es uno de los discursos de odio más vitales en el capitalismo actual. Entre ellos, la islamofobia tiene un peso especial  después de los atentados a las Torres Gemelas en septiembre de 2001, cuando los prejuicios sobre los pueblos árabes y musulamente fueron un elemento indispensable en los discursos que acompañaron invasiones y ocupaciones (como Afganistán en 2001 e Irak en 2003). El feminismo tuvo un rol contradictorio. La defensa de los derechos de las mujeres se esgrimió como motivo para apoyar las intervenciones imperialistas en Medio Oriente. Por otro lado, voces feministas (en soledad al principio) advirtieron sobre esa utilización. En una entrega anterior, hablamos de una de esas voces críticas: Code Pink. En paralelo, se construyó una imagen de que las mujeres árabes y musulmanas necesitan ser salvadas de su religión y su cultura. La operación es doble: borra la subjetividad de quienes enfrentaron gobiernos e instituciones religiosas, hicieron huelgas y se enfrentan hoy a prejuicios cruzados y, al mismo tiempo, suaviza opresiones y valores naturalizados como “menos malos”.

La feminista marroquí Fátima Mernissi resumió una de esas contradicciones en El poder olvidado: las mujeres ante un Islam en cambio: “Cuando me encuentro con una feminista occidental que cree que le tengo que estar agradecida por mi propia evolución en el feminismo, no me preocupa tanto el futuro de la solidaridad internacional de las mujeres como la capacidad del feminismo occidental de crear movimientos sociales populares para lograr un cambio estructural en las capitales mundiales de su propio imperio industrial. Una mujer que se considera feminista, en vez de vanagloriarse de su superioridad con respecto a las mujeres de otras culturas y por haber tomado conciencia de su situación, debería preguntarse si es capaz de compartir esto con las mujeres de otras clases sociales de su cultura”. Creo que la pregunta sigue siendo pertinente y la respuesta, en muchos casos, no nos sorprenderá.

Portland, Florida y Alabama

Otro día en el patriarcado de la delgadez. “Hola, soy gorda” titula Annie un artículo que escribe en la serie Shrill. Es una periodista ansiosa por escribir y abrirse paso pero para casi todo el mundo es solo una cosa: gorda. La comedia está basada en el libro autobiográfico de Lindy West y aborda de varias formas la gordofobia, que está tan incrustada en las series y películas que casi no hay protagonistas gordas que no estén definidas estrictamente por eso. Una de las cosas interesantes de la serie es que Annie no está victimizada ni le interesa ser una víctima aunque se enfrenta a situaciones horribles. Ambientada en la ciudad de Portland, que es algo así como una meca de la contracultura estadounidense, también se burla de muchos lugares comunes del progresismo. La historia que hila las tres temporadas es la relación de Annie con su amiga Fran que, a pesar de contratiempos y discusiones, se mantiene en pie cuando parece que ya no queda nada.

​​A’Ziah “Zola” King escribió un hilo de 148 tweets en 2015. Unos años después, hicieron una película que empieza con ella diciendo: “Todos quieren saber la historia de por qué esta perra y yo nos peleamos. Es un poco larga pero tiene mucho suspenso”​​. Zola está dirigida por Janicza Bravo, que también coescribió el guión con Jeremy O. Harris. Zola conoce a Stefani en un bar, las dos son strippers. Stefani le propone viajar a Florida para ganar mucho más dinero del que podrían hacer en Detroit. Cuando termina la noche en un bar local, Zola se da cuenta de que el negocio no era bailar sino prostituirse (algo que no estaba en sus planes). Son casi 48 horas sin dormir, viajes en medio de la noche, habitaciones de hotel, estrategias comerciales y de supervivencia. La película contiene la versión de Stefani, Jessica en la vida real (en base a su posteo de Reddit).

Cuando alguien le preguntaba a Mother Jones dónde vivía, ella respondía “allí donde haya una pelea”. Y ahí se la ve acompañando a los mineros de Warrior Met Coal de Alabama en pleno 2021. Desde abril, los mineros y sus familias pelean por mejores salarios y condiciones laborales. Denuncian que el fondo de inversiones BlackRock tiene la mayoría de las acciones de la minera, que había declarado la quiebra y eliminado todos los derechos a sus trabajadores. Mary Harris, conocida como Mother Jones, organizó a los mineros y sus esposas a principios del siglo XX, militó en organizaciones clandestinas, apoyó la Revolución mexicana y se hizo socialista. Los gobernadores le tenían miedo y los fiscales la perseguían, no por nada se ganó el título de “la mujer más peligrosa de Estados Unidos”.