24/7/25

Resistir, insistir, persistir

 



“Una línea de producción no trabaja según el estado de ánimo que uno tiene, trabaja a la velocidad de la máquina. Vos podés estar cansado, desganado, podés ir con 20 mil problemas pero las ganas de trabajar no las podés bajar porque vos tenés que encajar [en] lo que la máquina te manda. O sea, ¿210 golpes? Bueno, vos tenés que trabajar a 210 golpes”. La que habla es Elizabeth, maquinista y sacadora en la línea de producción de la fábrica Georgalos. La despidieron (a ella y otros cuatro trabajadores) por adherir a un paro convocado por el Sindicato de la Alimentación. La empresa, envalentonada por los atropellos del gobierno nacional y el dejar hacer del gobierno de la Provincia de Buenos Aires, viola el derecho a huelga (un derecho básico consagrado en la Constitución). 

Elizabeth advierte que Georgalos la deja en la calle con 53 años, igual de lejos de la edad jubilatoria que de la posibilidad de reinsertarse laboralmente. Está decidida a resistir. “¿Qué le dejo a mis hijas si no peleo? Las mamás que somos en su mayoría solas, que peleamos solas, no vamos a bajar los brazos, a no bajar los brazos, a unirse”. Habla el lenguaje de las que no aceptan resignarse porque saben que su lucha es justa y que la falta de un ingreso estable se transforma demasiado rápido en mayor endeudamiento, más trabajo no pago y más desigualdad. 

Las deudas son de nosotras 

En un escenario económico complicado e incierto, el endeudamiento se suma a la lista de problemas de los hogares argentinos: informalidad, bajos salarios, sobreempleo. Un informe del Instituto de Estadísticas y Tendencias Sociales y Económicas de mayo de 2025 decía que el 91 % de los hogares está endeudado. La red flag es que el 73 % de las deudas se contrajo en 2024 y el 15 % en lo que va de este año. El 58 % de la deuda con tarjetas o billeteras virtuales es para comprar alimentos.

En este contexto, se multiplican las actividades para generar ingresos. Vendedoras y vendedores de productos y servicios vía estados de Whatsapp y redes sociales, manteros digitales los llama Matías Mora Caceres. Este universo de subsistencia se inserta en el del juego online con los denominados “cajeros”, que reciben apuestas y pedido de fichas para casinos virtuales. La mayoría de los cajeros son cajeras: mujeres jóvenes, precarias o sin empleo que se las rebuscan mientras cuidan y realizan trabajo reproductivo no pago. A contramano del discurso oficial que endulza la “libertad de ser tu propio jefe”, Matías dice que “detrás de este fenómeno no hay una elección libre o emprendedora, sino una necesidad estructural”, que crece mientras se destruyen empleos asalariados formales (como el de Elizabeth en Georgalos).

La mayoría de estos fenómenos no son nuevos pero se intensifican. Pasa lo mismo con la feminización del endeudamiento, por la sobrerrepresentación de las mujeres entre trabajadores pobres y su rol preponderante en las tareas reproductivas y de cuidados. Esto último se ve agudizado, a su vez, por la reducción o eliminación del acceso a salud, educación y otros aspectos sociales de los cuidados que recaen sobre mujeres, adolescentes y niñas. En estos rincones se reproducen y aumentan las desigualdades, no es un problema identitario o biológico, es social.

Las mujeres suelen encargarse también de la gestión de la deuda familiar. Algo que se transforma en una “autogestión del ajuste”, como lo llama Verónica Gago. Esa autogestión mediante la deuda privada, explica, genera “un tipo de obediencia a futuro que es muy fuerte en el sentido que es una obediencia que te condena, por ejemplo, a estar produciendo estabilidad todo el tiempo, vos mismo no querés que haya una crisis porque estás endeudado, entonces necesariamente estás produciendo estabilidad en condiciones críticas”. Parece que está hablando hoy pero es una entrevista de 2018 desesperadamente actual. En Una lectura feminista de la deuda (Tinta Limón), junto con Luci Cavallero explican las dimensiones de género (que se entrelazan con otras) del endeudamiento y cómo funciona “como un mecanismo compulsivo para el sometimiento a la precarización (condiciones, tiempos y violencias del empleo), reforzada moralmente como economía de la obediencia”. 

Hablando de deuda y vida cotidiana, hace unas semanas, conversamos con Verónica en El Círculo Rojo sobre las implicancias que puede tener esa presión constante en sectores de la población. Esta charla es parte de un ciclo, una especie de conversación amplia, que fuimos armando en nuestro programa de radio

El poder de la conversación

Estuve leyendo Funk sin límites. Un diálogo reflexivo (edicions bellaterra, 2020), una conversación entre la teórica y activista feminista bell hooks y el teórico cultural Stuart Hall en 1996 sobre mil temas. Quizás te suene anacrónico leer una charla de hace casi treinta años, pero hay algo atractivo en su forma y sus tiempos, que hoy parecen imposibles. Ya le parecían imposibles al sociólogo Paul Gilroy que escribe el prólogo en 2018: “la poesía insurgente de la transformación social ha sido simplificada y la agenda de la liberación ha sido reducida (...) comprimidas para que puedan encajar en el espacio mínimo proporcionado por las citas y los hashtags, tuits y memes, ‘me gusta’ y seguidores”. En el libro pasa todo lo contrario, no se reduce, se ensancha, se abre.  

El tiempo atraviesa la conversación como una constante de la reflexión crítica. En varios pasajes Stuart Hall se mira a sí mismo, se ríe y se critica. Hall comparte ideas con el movimiento feminista pero también identifica sus reticencias, cuenta las tensiones que le provocaba la “posición patriarcal” y las contradicciones que generaron en su actividad académica. Nada de lo que cuenta es autocelebratorio y quizás esa es la mejor parte: “compartía el trabajo doméstico, eso no me molestaba. Me gustaban las cosas familiares, cuidar la casa y cuidar a los niños, pero la idea de que me callara, que dejara de hablar, que todos dejáramos de hablar durante unos veinte años, y que les dejáramos hablar a ellas era muy, muy difícil”. 

Me llamó la atención la actualidad que tienen algunos pasajes sobre la nostalgia y la familia: “...las resistencias también provienen de cierta nostalgia por una forma de vida anterior”, dice Hall. bell hooks propone disputar el hogar y la familia como espacios meramente conservadores y reaccionarios porque “mientras el hogar sea ese regreso nostálgico al hogar patriarcal, nunca podrá permitir que el feminismo entre por la ventana o por la puerta”. Una idea similar está presente en su libro Todo sobre el amor (Paidós), donde propone devolverle al amor un lugar relevante en los debates y reflexiones de los movimientos contra la opresión, como una forma de dar batalla a las ideologías new age y las religiones organizadas que la preocupaban a comienzos de los años 2000; hoy seguramente agregaría a las nuevas derechas, que explotan la nostalgia de esa idea de familia y “vida anterior”. Conversan sobre sexo, deseo, masculinidad, la idea de la homosexualidad como destrucción de la familia (y su impacto específico en poblaciones oprimidas), la monogamia. 

Vuelvo a la cuestión del tiempo. En la charla aparecen reflexiones sobre el feminismo o el movimiento antirracista, con la mediación del tiempo que permite observar tensiones o sacar conclusiones diferentes. Varias son críticas duras pero nunca abandonan sus perspectivas emancipatorias, más bien buscan profundizarlas. bell hooks dice que el movimiento feminista “casi se muere de asfixia al eliminar toda posibilidad de humor y de trato humorístico y lúdico de cosas que tienen implicaciones serias” y así, explica, pierde algo de vigor. También aparece el tiempo como un escenario diferente al del fragor de los acontecimientos, del debate en caliente. Dicen que desde 1980 no era cool hablar de liberación sexual y monogamia pero insisten, no dejan de hacerlo. Me encontré con discusiones vitales pero, sobre todo, con una idea diferente de los tiempos del debate de ideas, de poner en valor las conclusiones de momentos y movimientos, de resistir retrocesos y reacciones, de insistir aunque no sea vistoso y de persistir aunque parezca que nadie está escuchando, una tarde calurosa en Londres en 1996 o un día frío en Buenos Aires en 2025. 

Una de vaqueros

Al oeste: capítulos I y II es una obra de teatro de Martín Flores Cárdenas. En el escenario, blanco y vacío como una hoja en blanco, se ve una parte del artificio del teatro. Algo así como una indagación sobre la creación y la creatividad, qué hace obra a una obra, ¿es la idea? ¿la forma de escribir? ¿de actuar? La otra persona en escena, además de Martín, es Pablo Ragoni que interpreta al pobre vaquero de este work in progress, confundido sobre su origen y su propósito. ¿Por qué él y no un gaucho? ¿Cuántas veces tiene que morirse? De a poco sobresale una ¿la? historia, que estalla hacia el final, de un propietario y sus tierras heredadas, un desalojo y dos maricones que huyen. Teatro con lo mínimo, que no es poco cuando se condena todo lo que no es rentable (en el teatro Sarmiento).

Me despido con un aviso parroquial. Hay un nuevo episodio de Fuera de algoritmo, un programa de literatura, series y cine que hacemos con Ariane Díaz en La Izquierda Diario+. Hablamos de ciudades: privatizadas, masivas, caóticas, revolucionarias, circulares, fantásticas, contemporáneas, históricas.

10/7/25

Una niñera filipina

 


 

Cecilie llega a una casa espectacular después del trabajo. Angel prepara la cena; dos preadolescentes juegan videojuegos en el living, una bebé estira los brazos. Llega Ruby, se sientan a cenar todos juntos. Angel y Ruby son filipinas, están en este barrio coqueto de Copenhague (Dinamarca) trabajando como niñeras-cocineras-empleadas domésticas. Cecilie y su vecina son sus empleadoras. Todo va a complicarse. Así empieza Reservatet (Los secretos que ocultamos), una serie de noir nórdico en Netflix.  

“Dinamarca se retrata a menudo como una sociedad muy igualitaria, y nunca he visto hogares como estos representados en televisión. Quizás sea una realidad cuya existencia no queremos reconocer”. Esto lo dice Ingeborg Topsøe, creadora y guionista de Reservatet. Se refiere a los hogares de altos ingresos en las afueras de Copenhague, capital de Dinamarca, un país que rankea alto en igualdad de género. En el puesto número 15 en el mundo, tercero en la Unión Europea, Dinamarca tiene licencias familiares igualitarias, una brecha salarial de género reducida y números elegantemente progresistas de paridad en las mesas donde se toman decisiones políticas y económicas. 

Otra realidad difícil de reconocer es que esa igualdad se apoya en mano de obra barata y migrante (además de negocios globales y empresas coloniales -como se ve Borgen-). En ese contexto funciona el sistema au pair (en francés, a la par), un programa de empleo que en teoría estimula el intercambio cultural mediante la contratación de mujeres jóvenes de otros países para trabajar como niñeras. En la práctica, funciona como una fuente de mano de obra para el trabajo doméstico y de cuidados en países ricos mediante la contratación de migrantes con salarios bajos y visas temporales que terminan realizando muchas otras tareas. Estas condiciones propician abusos de todo tipo, ya que las au pair están solas en el país, viven en la casa de la familia que las emplea y dependen legalmente de ella mientras dure el contrato. 

La palabra au pair pretende recuperar algo de la experiencia de origen -institutrices educadas y de buenas familias que trabajan para otras “en igualdad”- y atenuar el antiguo estigma de servidumbre. Según la página de una agencia de au pair, el sistema se extendió luego de la Segunda Guerra Mundial cuando una gran cantidad de mujeres jóvenes de clase media educada buscaban oportunidades laborales. Desde 1969, el Consejo Europeo adoptó protocolos para estandarizar las reglas. La realidad es un poco más compleja, polarizada entre videos atractivos y hasta tendencias en Tik Tok que funcionan como virtual fuerza reclutadora y denuncias de abuso y explotación. 

Hoy, la mayoría de las au pair provienen de regiones pobres y a menudo existe una especie de reciclaje de viejos lazos coloniales entre el país de origen de las trabajadoras y el de destino. Muchas veces realizan tareas de limpieza y cocina, además del cuidado infantil, como pasa con las trabajadoras filipinas en Dinamarca y Noruega, sus principales destinos. En 1998, la denuncia repetida de abusos llevó a que Filipinas decidiera prohibir el programa, aunque fue una formalidad porque el país siguió siendo una fuente de mano de obra barata para los hogares daneses. Dinamarca continuó extendiendo visas laborales para las au pair y la posibilidad de acceder a un ingreso mucho más alto en el exterior valía los sacrificios y los riesgos a los que someten hasta hoy las filipinas. La prohibición se levantó en 2012 y se firmó un acuerdo que incluía la protección de los derechos de las niñeras. La realidad sigue siendo más compleja, como muestra la serie Reservatet

No pasa solo en Dinamarca. Islandia, considerado el país más igualitario del mundo, también tiene a sus au pair filipinas. Cerca del 10 % de la fuerza de trabajo es migrante y la primera minoría es polaca. Las polacas ocupan los puestos de trabajo menos calificados, concentradas en el procesamiento de alimentos y los cuidados. Una de las joyas islandesas es el sistema público de cuidados y las licencias familiares igualitarias, que facilitan la reinserción laboral de las mujeres cuando son madres. Muchas polacas que llegan al país buscando mejores condiciones de vida ingresan al mercado laboral en el sector de cuidados, ya sea trabajando directamente para profesionales nativas o empleándose en la red estatal. Siempre que leas la “sociedad más igualitaria del mundo” considerá que existen altas probabilidades de que una inmigrante esté cobrando poco por hacer un trabajo indispensable para esa igualdad

El esquema que se ve en las casas de Reservatet es internacional y se apoya sobre el prejuicio patriarcal que coloca a las mujeres a cargo de las tareas del hogar, realizándolas ellas mismas de forma gratuita o pagándole a otra mujer (por eso la mayoría son empleadoras y empleadas). Lo hacen las ejecutivas, las profesionales y empleadas de “cuello blanco” y sectores de la clase trabajadora. La filósofa Nancy Fraser explica que a medida que un sector de mujeres ingresa a puestos más calificados y demandantes delegan su rol en el hogar a otra persona y esa persona casi siempre es una mujer. ¿A quiénes recurren? “A las mujeres inmigrantes, a menudo racializadas, que vienen del otro lado del mundo [o del país], dejando a sus propias familias bajo el cuidado de otras personas, mujeres más pobres, que deben apoyarse a su vez sobre otras que son todavía más pobres que ellas”. Se constituyen así las cadenas globales de cuidado. La socióloga feminista Arlie Hochschild habla de “fuga de cuidados” (care drain en inglés), emulando el concepto fuga cebreros, para referirse al impacto que tiene la migración hacia países ricos para cuidar en las familias y países de origen de las trabajadoras que migran. ¿Quién cuida a los hijos e hijas, padres y madres mayores de las au pair de los barrios ricos de Copenhague? Probablemente otra mujer, a la que le pagarán una fracción de las remesas que envían desde Dinamarca o lo hará de forma gratuita. En ese loop infinito y femenino se encuentra “la fuente de dependencia económica de las mujeres y de su desigualdad social, no solo dentro sino también fuera del ámbito privado”, como escribe Andrea D’Atri en el prólogo de Marx, las mujeres y la reproducción social capitalista de Martha E. Giménez.

La hija, el jardinero y la ingeniera 

Historia natural (Blatt & Ríos) es la nueva novela de Marina Yuszczuk. La autora de La sed reincide en el gótico rioplatense, esta vez en el museo de Ciencias Naturales de La Plata de la mano de Virginia, hija de su fundador Francisco P. Moreno. Ansiosa por la atención de su padre, ignorada por su madre y criada por empleadas y asistentes, Virginia añora una vida vedada para ella. El intento de embalsamar a su perro, la llegada de “los indios” y la relación con Lákax abren la puerta a otros mundos, aunque casi todo sucede en las fronteras del museo. En las búsquedas de Virginia, nos cruzamos con la brutalidad en nombre de la ciencia, la reducción de los pueblos originarios a piezas de museo, objetos sin historia presentados como vagos (quizás su última resistencia a la barbarie civilizatoria de la que Moreno participa). En una entrevista, Marina Yuszczuk habla sobre lo inaccesible de la experiencia de los indígenas que vemos en los retratos, aunque a veces aparece algún destello, en la charla menciona el cuadro La vuelta del malón. Esa imagen me transportó a la obra de teatro Pampa escarlata (Julián Cnochaert) y la relación entre Mildred Barren (una Lucía Adúriz alucinante) y la empleada indígena, que con una sopa misteriosa le abre la puerta de su mundo a esa inglesa que pinta para no morirse de aburrimiento.

El amo del jardín es un documental de Fernando Krapp sobre Yasuo Inomata, un paisajista japonés que en los años 1960 llegó a Argentina y se estableció en Escobar. El Jardín Japonés de Buenos Aires (protagonista de una lucha de poder y negocios en la pequeña comunidad japonesa) y el de Escobar (este sí fiel a la idea de Inomata, que dice que para entender cómo se hace un jardín japonés hay que ir a Japón) son sus trabajos más conocidos aunque no los únicos. Su obra con mayor impacto está en una de las arterias infernales del área metropolitana de Buenos Aires: la avenida General Paz. En los años 1990 fue el encargado de trasplantar 1.100 árboles durante la ampliación de la autopista. Utilizó la técnica milenaria Tarumaki, que consiste en atar un pan de tierra para contener las raíces del árbol y movilizarlo con una grúa a su nuevo lugar (pido disculpas a Inomata por esta definición torpe). Ingeniero agrónomo de profesión, desarrolló el paisajismo con una pasión que lo llevó a recorrer Argentina en búsqueda de las piedras perfectas para los jardines que diseñó. Su mirada sobre los espacios, cómo pensó cada camino, cada trayecto del agua, cada superficie; todo remite al tiempo, no solamente a cuánto duran las cosas sino a qué hacemos con él. Hoy cuando el tiempo está condenado a ser productivo o no ser, detenerse a escuchar a alguien que pensó espacios para estar, disfrutar y contemplar suena a rémora del pasado pero -para mí- tiene que ver con pensar en el futuro. 

Hablando de ingenieros y caminos, Elisa Bachofen fue la primera ingeniera de Argentina, egresada de la Universidad de Buenos Aires, inventora inquieta y primera proyectista de puentes de la Dirección de Puentes y Caminos, hoy Vialidad Nacional. Elisa se graduó como ingeniera en 1918. Eran los años de las pioneras, de las que entraban a las facultades pateando prejuicios como Julieta Lanteri, con quien compartió militancia en la Unión Nacional Feminista. Cuando Bachofen estudiaba ingeniería a la mayoría (masculina) le parecía una ridiculez. ¿A quién se le ocurría que una mujer trazara y diseñara caminos? Me la imagino a Elisa riéndose en voz baja mirando las tuneladoras, subestaciones eléctricas y calles con su nombre. De lo que no se reiría la ingeniera Bachofen es de la destrucción de Vialidad Nacional que planea el gobierno (planea porque no está dicha la última palabra, sus trabajadoras y trabajadores resisten). 

Cierro con dos avisos parroquiales. Escribí un perfil sobre el gigante de fast fashion Shein y el secreto de su éxito en la revista Nueva Sociedad. Hay un nuevo episodio de Fuera de algoritmo, un programa de literatura, series y cine que hacemos con Ariane Díaz en La Izquierda Diario+. En “¿Dios, patria y trabajo?” hablamos de la novela El descontento de Beatriz Serrano y la película Así en el cielo como en la Tierra de José Luis Cuerda.