11/3/26

La enfermedad del feminismo


Cada tanto vuelve a circular el origen de la palabra feminismo. Cerca del 8M u otro aniversario, alguien revisa el dónde, cuándo y por qué de la primera vez. Me interesan mucho las historias de las primeras veces, cuándo alguien dijo “esto se va a llamar así” y cuándo encuentra el cauce que la hace parte del lenguaje común de un movimiento o una generación. La curiosidad aumenta cuando las palabras son expropiadas y subvertidas. Es lo que pasó con la palabra feminismo. 

Existe un consenso: el primer registro escrito es de 1871 en un texto en francés sobre la tuberculosis. Era la tesis doctoral de Ferdinand Valère Faneau de la Cour titulada Du féminisme et de l'infantilisme chez les tuberculeux (Feminismo e infantilismo en los tuberculosos). Faneau de la Cour decía que algunos varones con tuberculosis desarrollaban “características femeninas”: voz aguda, falta de barba, pestañas largas, caderas ensanchadas y hasta crecimiento de senos. Llamó feminismo a lo que consideraba una alteración patológica del desarrollo masculino. Mi parte favorita es cuando el doctor observa en sus pacientes tendencias pasionales o exceso de emocionalidad (para nada influenciado por los prejuicios acerca del género femenino). 

Hay versiones de apariciones previas en comentarios sobre la “mirada femenina” en producciones culturales o en definiciones enciclopédicas de las “cualidades de las hembras” (sic). Me gusta la versión del doctor porque creo que representa el sentido negativo de lo femenino tal como se entendía entonces. Por supuesto, nada de esto tenía que ver con ideas pioneras de gente como Flora TristánMary Wollstonecraft o el socialista utópico Charles Fourier y su “medida natural” del grado de la emancipación de una sociedad en la emancipación de las mujeres. 

En 1872, Alexandre Dumas hijo usó la palabra en su panfleto “L'homme-femme” (“El hombre-mujer”), en el que criticaba a los varones que apoyaban el reclamo de igualdad. Feministas, les dijo, y no como un halago. Diez años después, una sufragista francesa escribió feminista en una carta en la que defendía el derecho de las mujeres a cuestionar leyes que consideraban injustas. No fue instantáneo pero Hubertine Auclert trajo la palabra hacia nuestro lado de la historia y no hubo vuelta atrás. 

Feminismo dejó de ser una enfermedad y empezó a ser la palabra de la lucha contra la opresión y por la igualdad. Se transformó, se ensanchó, se criticó y autocriticó, no alcanzó para definir todas las ideas y se combinó con otras. También se usó para objetivos ajenos (si conocés estas entregas, quizás digas mentalmente “no de nuevo” pero si tenés ganas de leer o releer, acá vas a encontrar muchas versiones). Siguió siendo esa palabra “tan fea” para algunos, como ironizaba Alfonsina Storni, porque siempre expuso la miseria de la “igualdad ante la ley” de las democracias capitalistas. Y cuando se usa como insulto expone el odio del emisor ¿o en realidad es miedo? a la advertencia de pioneras como Louise Michel: “Cuidado con las mujeres cuando se sienten asqueadas de todo lo que las rodea y se sublevan contra el viejo mundo. Ese día nacerá el nuevo mundo”. 

“La palabra feminista, ‘tan fea’, aún ahora, suele hacer cosquillas en almas humanas. Cuando se dice ‘feminista’, para aquellas, se encarama sobre la palabra una cara con dientes ásperos, una voz chillona. Sin embargo, no hay mujer normal de nuestros días que no sea más o menos feminista. Podrá no desear participar en la lucha política, pero desde el momento que piensa y discute en voz alta las ventajas o errores del feminismo, es ya feminista” (Un libro quemado. Editorial Excursionistas). Cuando Alfonsina escribió “aún ahora”, había pasado casi una década desde el Primer Congreso Femenino Internacional de 1910 en Buenos Aires, que reunió los reclamos urgentes de su época: igualdad de derechos, educación laica y mixta; igualdad salarial, derechos laborales (especialmente la licencia por maternidad), derecho al divorcio y al voto. 

Igual que en 1910, el movimiento feminista no se reduce a un reclamo único (mucho menos a un ministerio o un resultado electoral). Es un movimiento con fuerzas motoras múltiples y muy seguido funciona como amplificador de otros reclamos y otros movimientos. Creo que algo de eso pasó el último 8M en Argentina, en un clima social que empieza a cambiar mientras las promesas del ajuste infinito se desmoronan y el presidente balbucea en Estados Unidos. El feminismo sigue presente en los sueños de las que no pueden dormir por las deudas, la autoexplotación, el machismo y los discursos revanchistas pero sobre todo sigue presente en las pesadillas de los que hoy tienen poder (y se apresuran a cantar victoria en batallas que no ganaron, ¿o qué fue ese spot de odio oficial el Día Internacional de las Mujeres?). 

Creo que nunca tuvo tanto sentido la palabra feminista y, a la vez, nunca tuvo tan poco sentido ser feminista a secas porque “la pregunta importante no es si es posible que exista un capitalismo sin discriminación de género, sino si esa sería una igualdad por la que valga la pena luchar”. Esa pregunta de la filósofa inglesa Lorna Finlayson me parece cada día más vigente. Después de la marcha en la Plaza de Mayo en Buenos Aires, Myriam Bregman (que es diputada nacional y referente del Frente de Izquierda y el Partido de Trabajadores Socialistas) habló en el acto de la (mi) agrupación Pan y Rosas y dijo algo que me recordó aquella pregunta: “¿Por qué somos socialistas? Más que nunca. Este capitalismo no tiene nada que ofrecerle a las mujeres, nada que ofrecerle a las disidencias sexuales, nada que ofrecerle a las niñeces, nada que ofrecerle a las adolescencias”. “Porque en el capitalismo no hay futuro”, militar, organizarse, ponerle el cuerpo a las palabras y a las ideas nunca tuvo tanto sentido como hoy.

Bibliografía obligatoria

Vidas rebeldes, experimentos hermosos (Tinta Limón 2026) de Saidiya Hartman navega en transcripciones judiciales, informes de la Policía y otros archivos oficiales de finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Lo interesante es la lectura “a contrapelo” que propone para romper el discurso oficial sobre las mujeres negras como problema y transformarlos en relatos y reflexiones sobre los cambios que provocaron la vida urbana y el trabajo asalariado. Hartman escribe que “la frase mujer a medias anunciaba el fracaso de la mujer negra a la hora de cumplir las aspiraciones de la feminidad o de alcanzar el estándar de ser humano. Grandes peligros aguardaban a quienes vivían en la brecha léxica entre mujer negra y mujer”. La lectura subversiva de archivos oficiales de alguna forma coloca a este libro en un estante cercano a los textos reunidos en Acerca del suicido de Karl Marx, que traducen y comentan archivos de la Policía de París durante la Restauración posterior a la Revolución de 1789. En esos archivos, Marx y el propio archivista oficial Jacques Peuchet encontraron rastros de la asfixia que significaban para las mujeres las tiranías que seguían en pie (la familia y el matrimonio) y los mecanismos legítimos de violencia que se ejercían contra ellas como si fueran una pieza más del inventario. 

Llegué muy tarde a ver La gaviota, que adaptaron Rubén Szuchmacher y Lautaro Vilo (dirigida por Szuchmacher). Si estás leyendo el miércoles tenés cinco oportunidades para verla en la sala Casacuberta del teatro San Martín en Buenos Aires. A lo mejor te suena raro lo que voy a decir pero esta obra de teatro de Antón Chéjov de fines de los años 1800 es una alteración perfecta del orden del doomscrolling, esos momentos en los que podemos estar ausentes moviendo hacia arriba la pantalla del celular mirando noticias, memes o publicidad y llenar los pequeños vacíos que deja la hiperproductividad. La gaviota propone, en cambio, presencia y contemplación durante un puñado de minutos, sumergirse en un bosque ruso y cambiar de tema. Nada de esto significa que no hable de cosas importantes o que no haya en ese texto críticas sobre la sociedad de entonces (que casi siempre pueden traducirse en ideas para pensar la nuestra). En el escenario -que arman y desarman todo el tiempo- circulan las ambiciones y las frustraciones de Konstantin (Juan Cottet), su madre Irina (Muriel Santa Ana), el escritor Trigorin (Diego Cremonesi) y Nina (Carolina Kopelioff), algunos de los personajes que flotan en el bosque. 

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