"Estoy cansada ya, tengo 28 años y lo único que digo todos los días es 'estoy cansada'. Ya no quiero saber más nada. Llego a mi casa a las 9 de la noche, yo tengo un nene, no puedo pasar tiempo con él. Tengo que salir a las 5 de la mañana para venir a trabajar, no me alcanza para comer (...) no llego a fin de mes, me tengo que endeudar. Estoy cansada. Y para después tener que venir acá a hacer media hora de cola para llegar tarde al trabajo y que encima me descuenten por llegar tarde. Estoy cansada (...) Por día tengo que pagar 5000 o 6000 pesos de SUBE y estoy cansada. [Tengo] 28 años y todos los días digo 'para qué'. Voy a seguir viviendo para pagar deudas de acá a que me muera". La que habla es Lourdes, su testimonio circuló en la televisión y las redes sociales de Argentina cuando las empresas de transporte recortaron el 30 % del servicio de colectivos en medio de una disputa con el gobierno nacional. Lourdes habla de la crisis del transporte pero sobre todo de cómo está organizada nuestra vida: vivir para trabajar, trabajar para subsistir.
Lourdes salió a las 5 y llegó a las 21, pasó 16 horas fuera de su casa. El día tiene 24 horas. Lourdes tiene un hijo, ¿cuánto tiempo pasa con él? ¿Cuándo prepara su próximo día? ¿Cuándo descansa? ¿Duerme? No tiene sentido preguntar si tiene tiempo libre porque lo que no tiene es tiempo. Si el descanso y el tiempo libre son mala palabra en el capitalismo, imaginate el bajísimo valor que tiene dormir. Que la vida esté organizada para trabajar no es solamente una cuestión de horas en el trabajo: es tiempo viajando, tiempo entre un trabajo y el otro cuando tenés más de uno, tiempo que le robamos al sueño para hacer lo que antes hacíamos en un momento que ahora dedicamos a trabajar, tiempo para preparar la comida que vamos a comer, para lavar la ropa que vamos a usar. Estas últimas tareas, sobre todo si sos mujer, sabés perfectamente el tiempo y el desgaste que implican cuando cuidás a otras personas.
En un artículo de El País, Laura Marajofsky se pregunta si existe una "brecha del sueño", es decir, cuánto tienen que ver nuestras condiciones materiales con cómo dormimos. Me parece una pregunta pertinente cuando todo tiempo no productivo, que no "sirve" para algo, es tiempo tirado a la basura, y lo que se naturaliza en base a ese cálculo. Se estima que el 40 % de la población tiene insomnio y en Argentina, seis de cada diez personas tienen problemas para dormir (según un estudio del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Universidad de Buenos Aires), y es uno de los indicadores que más empeoró en los últimos cinco años.
"Voy a seguir viviendo para pagar deudas de acá a que me muera", dice Lourdes en la parada del colectivo. En Contra el autoritarismo de la libertad financiera (Tinta Limón, 2025), Verónica Gago y Luci Cavallero hablan de un trabajo que cada vez ocupa más horas, lo llaman "trabajo financiero no pago". Ese trabajo tiene una "doble dimensión": "gestionar los pocos y devaluados ingresos y deudas a través de plataformas y aprovechar pequeñas posibilidades 'especulativas' para perder un poco menos (pasar dinero de una billetera virtual a otra para aprovechar beneficios)". En Una lectura feminista de la deuda (Tinta Limón), las mismas autoras explican las dimensiones de género (que se entrelazan con otras) del endeudamiento y cómo funciona "como un mecanismo compulsivo para el sometimiento a la precarización (condiciones, tiempos y violencias del empleo), reforzada moralmente como economía de la obediencia". Algo de eso dice Lourdes: trabajo, no duermo, no estoy con mi hijo y no llego a fin de mes, "todos los días digo 'para qué'". Los mecanismos moldean subjetividades, son obstáculos para pensar y construir otras formas de organizar la vida, pero esos mecanismos también pueden resquebrajarse cuando quedan en evidencia. Por eso es vital discutirlos, desnaturalizarlos e impugnarlos.
En su relato, Lourdes repite cinco veces "estoy cansada", no dice “qué se le va a hacer”, no dice “es lo que me toca aguantar”. Es una descripción precisa del agotamiento que muchas veces en la historia motorizó transformaciones, porque permite verte en otras personas y empezar a sospechar que no sos vos, que el problema no es que no te esforzás lo suficiente, no ahorrás lo suficiente, no invertís lo suficiente (o la narrativa que esté de moda la semana que viene). Y que quizás el problema sea que vivimos en una sociedad organizada en torno a que muy pocas personas ganen mucho dinero y no a que todas las personas como Lourdes, como vos y como yo, vivamos mejor.
Inconformidad y transformación
El sábado en El Círculo Rojo, conversamos con Raquel Gutiérrez Aguilar, una intelectual, feminista y militante mexicana. Conectado con esto de pensar cómo está organizado el mundo, ella sostiene que la movilización feminista de la última década tuvo que ver con ese malestar: "un momento nuevo de luchas feministas, que se han ido articulando (...) más o menos a mitad de la década pasada, desde 2014, 2015, 2016, por ahí y han sido esta cantidad de expresiones de malestar de muchísimas mujeres que vuelven a poner en el tapete esta inconformidad con la manera en cómo está estructurado el mundo". Creo que esa inconformidad explica también que las movilizaciones feministas hayan funcionado toda esa década como canal de expresión de la insatisfacción de vivir en el capitalismo, que solo promete desigualdad y perfecciona —siempre que puede— los mecanismos para exprimir la fuerza de trabajo de la mayoría. Y, lo más importante, siguen teniendo ese potencial.
Me interesa subrayar siempre que puede porque lo único inexorable en el capitalismo es la producción de sepultureros y sepultureras. Todo lo demás es una disputa permanente (el tiempo, los salarios, las condiciones de trabajo y de vida) y en esas disputas surgen posibilidades de transformar, no solo de resistir. A veces es la propia búsqueda de los capitalistas de aumentar sus márgenes de ganancia la que provoca o acelera esas posibilidades. Lo más importante es prepararse para aprovechar esos momentos, no hay cambios automáticos o inevitables.
Pasó en 1886 cuando las jornadas de 14 o 16 horas se comían la vida de los trabajadores y las trabajadoras y agitaron la lucha por la jornada de ocho horas. Pero esa pelea no empezó ni estalló el 1 de mayo de ese año: la Liga de las Ocho Horas organizó su primera celebración en Chicago en 1879 (siete años antes, que incluyeron pequeñas reuniones, protestas, actos y muchas discusiones). Y aunque los mártires de Chicago fueron ocho varones, las mujeres estuvieron entre las principales agitadoras de la inconformidad con cómo estaba organizado el mundo; Lucy Parsons fue solamente una de ellas. Y pasó en 1888 cuando el dueño de la empresa Bryant & May exprimía a sus trabajadoras y las fosforeras cansadas de dejar la vida en la fábrica organizaron una huelga que terminó fundando uno de los primeros sindicatos femeninos.
Louise Michel nunca conoció a Lourdes, pero alertó hace mucho tiempo sobre lo que pasa cuando las mujeres se asquean de todo lo que las rodea.
Parroquiales. Los sábados a las 12 en Radio Con Vos, hacemos El Círculo Rojo. Podés vernos y escucharnos y, si tenés ganas, sumarte a nuestra comunidad (nos ayudás con lo que podés y a cambio hay algunas sorpresas y descuentos). Hablando de sorpresas, por estos días vas a poder ver Bibliografía obligatoria en La Izquierda Diario +, algo que nació en estas entregas y se transformó para desembarcar (?) en nuevos territorios. Si querés contarme algo, escribime respondiendo este correo y acá podés leer las entregas anteriores.
Celeste.

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