Imaginar el futuro se volvió bastante difícil en los últimos años (o en las últimas décadas); parece que las batallas culturales se concentran en el pasado y el presente. Es una ventaja con la que cuentan hoy las clases dominantes. En esa imposibilidad —o en la certeza de que todo lo que viene será peor— se sostiene una parte del statu quo: no hagan olas, elijan la opción moderada, no provoquen a los poderosos, todo puede ser peor. La miseria del presente solo promete profundizarse: una democracia todavía más restringida, trabajar todavía más con menos derechos, un planeta todavía más destruido. ¿Por qué solo esperamos una catástrofe?
“La forma en que imaginamos el futuro está fuertemente condicionada por los productos culturales que consumimos… La oleada distópica lo ha inundado todo, sin apenas excepciones”, esto lo escribe Layla Martínez en Utopía no es una isla. Catálogos de mundos mejores (Madreselva). En el libro recorre diferentes utopías que motorizaron luchas y movimientos. Algo que tienen en común muchas de ellas es la igualdad; no importa si son más o menos religiosas, feministas, socialistas o identitarias: la idea de vivir en igualdad estuvo (y creo que sigue estando) en el corazón y la cabeza de esos mundos mejores.
Las producciones culturales no estuvieron siempre dominadas por la distopía. Utopía no es una isla rescata a varias autoras de mundos utópicos, el mejor lugar para “imaginar sociedades donde los roles de género habían sido subvertidos o directamente abolidos”. Entre ellos está Unveiling a Parallel: a Romance (algo así como “Descubriendo un paralelo: un romance”), un libro publicado bajo el seudónimo “Dos mujeres del Oeste” (Alice Ilgenfritz Jones y Ella Merchant). El protagonista viaja a Marte en un aeroplano y descubre dos sociedades: Paleveria, donde los roles están invertidos y las mujeres son dominantes (ahí las autoras trafican una sátira del patriarcado), y Caskia, donde las personas viven en igualdad, la utopía perfecta de las feministas que perseguían la igualdad en la Tierra todos los días. La ciencia ficción feminista de la primera ola no fue el único lugar donde se colaron las críticas a las sociedades patriarcales, los relatos de fantasmas también fueron herramienta de escritoras feministas, sufragistas y otras activistas por la igualdad, como Amelia B. Edwards, Vernon Lee y otras que podés leer en Damas oscuras (Impedimenta).
El catálogo no elude las discusiones que siempre habitaron las utopías, incluso la idea misma de lo utópico. Me gusta la aparición de Karl Marx y Friedrich Engels en el recorrido, dando un golpe en la mesa al proponer que esos mundos mejores no se limiten a sueños de difícil realización cuando el mundo entero podría ser un paraíso. “La aparición del marxismo supone un cambio fundamental en la historia de la búsqueda de una sociedad ideal y en la concepción del futuro”, escribe la autora, y subraya la indefinición de ese futuro comunista. A favor de la indefinición por lo que explican Marx y Engels —que el comunismo es un movimiento real, no algo que se fije para siempre sino que se construye de forma permanente—, pero también por conclusiones que se desprenden de algunas de las experiencias que reúne el libro, que justamente encontraron un talón de Aquiles en la definición excesiva de cómo debía ser la vida ideal.
Más allá de lo que pienses de cada una de las utopías, la lectura de las ideas y los proyectos de futuros muy distintos (todos mejores) me parece sugerente y estimulante cuando parece (subrayo parece) que vivimos en el sueño de Margaret Thatcher: no hay alternativa, no existe la sociedad, solo individuos. Hoy, cuando ya pasaron varias décadas de los años de euforia, del fin de la historia, es cierto que el neoliberalismo colonizó muchísimos ámbitos de nuestra vida, pero “también es cierto que las grietas están por todas partes”. Layla se mete también con algo que colabora constantemente con el bloqueo del futuro y parece más inofensivo; ella lo llama “nostalgia viscosa”, en la que “el futuro se presenta invariablemente como peor que el presente”.
La renuncia a imaginar un mundo mejor aumenta la tolerancia con la promesa miserable de las democracias capitalistas y fortalece en el presente las opciones políticas “menos peores”, que aceptan demasiadas concesiones en nombre de evitar males todavía más grandes. Al contrario, la invitación y la incitación a imaginar otro futuro que no sea la catástrofe inevitable me parecen subversivas en el mejor de los sentidos. Una de las ideas que más me gustan es que “la desesperanza es pura propaganda”, porque les habla a los cínicos y los agoreros de la derrota permanente, pero también —y sobre todo— nos habla a nosotras, las personas que insistimos en imaginar un futuro alternativo.
El futuro emplumado. Layla Martínez escribe que el mundo que ella imagina “es un mundo de vínculos fuertes, entre nosotros y con otras especies, de redes de parentesco que desborden la familia biológica, de una solidaridad multiespecie que permita entendernos como parte de un equilibrio delicado pero hermoso”. Una de mis utopías favoritas también viene de la literatura, de Las aventuras de la China Iron (Penguin) de Gabriela Cabezón Cámara, en las islas donde nadie trabaja más que lo necesario; donde convivimos con los animales, las plantas y el río; donde el tiempo es nuestro, para “hacer muñecos o dioses con juncos trenzados, de contar y cantar historias de amor y de guerra y de remo”, y Fierro puede ser Fierro y Kurusu, él y ella o lo que quiera. Y, como Marx y Engels, no quiero que sean pequeños sueños de difícil realización, quiero que el mundo entero sea un paraíso. Moderarse no es una opción, “moderada nunca”, dijo Myriam Bregman en el acto del 1 de Mayo, me parece adecuado hablando de pensar mundos mejores. ¿No lo viste o solo te cruzaste con recortes en algún canal o stream? Acá podés mirarlo completo.
Revanchismo. Entre las batallas urgentes de hoy, se espera el tratamiento en el Senado del proyecto de Carolina Losada (Juntos por el Cambio) contra las mujeres, personas LGBT, niñas, niños y adolescentes. Disfrazado de preocupación por las “falsas denuncias” (sin cifras que lo respalden), el proyecto no es otra cosa que revanchismo con un objetivo claro: silencio, impunidad y disciplinamiento. Aunque cuenta con dictamen favorable de la comisión de Justicia y Asuntos Penales de la cámara alta, se acumulan las dudas de los aliados y el rechazo de referentes y militantes de su propio partido. Pero estos obstáculos tardíos y ocasionales no alcanzan; la única garantía de que no avancen los reaccionarios es rechazarlo sin peros y oponer nuestra movilización. No estamos exagerando. Organizadas y en la calle siempre.
Bibliografía obligatoria. Delgadez extrema, mandatos de belleza y roles de género tradicionales. ¿Por qué parece que los cuerpos de las mujeres vuelven a ser disciplinados como si nada hubiera pasado? ¿Por qué sigue vigente el mandato de la belleza? De eso se trata la nueva entrega de Bibliografía obligatoria. Si ya la viste, contame qué te pareció (y también si creés que hay un tema obligatorio).

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