Quieren al caballo cansado,
no entienden
la cola de los perros,
al gato que amasa.
Recomiendan que olvidemos
cuando quieren que perdamos.
Las estrofas son de un poema de Patricia González López publicado en Llegué cansada a la felicidad (Concreto). En cada palabra de estos poemas hay algo que habla de la posibilidad de hacer de casi todo poesía. A la vez, no oculta ninguno de los obstáculos que se interponen entre nosotras y hacer de casi todo poesía. Obstáculos porque mucho de lo que nos separa de la literatura (quizás del arte en general) tiene menos que ver con decisiones o gustos personales y más con tiempos y lugares, con condiciones materiales. Creo que lo más adecuado sería hablar de escasez: muchos de nuestros “gustos” se construyen ahí, en la falta de tiempo libre, de roces fuera del algoritmo, de posibilidades de leer, mirar o escuchar cosas que no te gustan de entrada, que te hacen insistir o elegir algo diferente. Cuanto menos tiempo y menos plata tenemos, más pequeñas se vuelven nuestras bibliotecas, más cortas nuestras listas de películas para mirar y listas de reproducción, y más difícil se vuelve cultivar un placer o hacer algo solamente porque te gusta.
Hace algún tiempo que estoy un poco monotemática con la dictadura de la productividad pero creo que marca nuestras decisiones de formas profundas y a veces automatizadas. Cuando escuché esta conversación con Natalia Romé y Carolina Ré, empecé a pensar mucho en lo que dejo de hacer porque “no me sirve para nada”. Y, la verdad, me encontré con esa idea mucho más seguido de lo que yo pensaba (en eso “neoliberales somos todos”, como dicen ellas en esa conversación). Por eso me gusta mucho cuando alguien deja en evidencia lo material, de qué estamos hechas las personas, qué condiciona parte de nuestras elecciones, cuando podemos y cómo podemos. Por supuesto que también juegan cosas individuales, caprichosas e irreductibles y eso es algo hermoso pero son contornos que no se dibujan en la nada.
El libro de Patricia llegó a mis manos justo cuando había leído Nadie me esperaba aquí: crónica del desclasamiento (Anagrama), un ensayo de Noelia Ramírez que también habla de las condiciones materiales y de cómo marcan las trayectorias intelectuales, profesionales, artísticas. Noelia recupera una idea que Annie Ernaux incluye en su discurso cuando le entregan el premio Nobel de literatura: escribiré para vengar a mi raza. La había escrito en su diario íntimo hace muchos años: “‘Escribiré para vengar mi raza’. Se hacía eco del grito de Rimbaud: ‘Soy de raza inferior por toda la eternidad’. Tenía veintidós años. Era estudiante de literatura en una universidad de provincias, entre chicas y chicos, muchos de ellos de la burguesía local”. En su ensayo, Noelia dice que su escritura no es de revancha, que no parecía hecha para los suyos, pero explica: “he aprendido a ver el desclasamiento como un viaje de ida y vuelta. Uno que sabe que sin vergüenza no hay orgullo, y sin orgullo no hay nuevo discurso”.
El ensayo tiene una colección de gestos y mímicas de clase que se aprenden en espacios diseñados para la minoría más pequeña de la sociedad (los ricos), como gran parte de las universidades prestigiosas, ámbitos académicos y artísticos. Los apellidos maquillados, los saberes y hábitos fingidos (ella lo llama “haz como si…”) y sobre todo despreciar lo propio: “cuando me recuerdo corrigiendo a mis padres, me encojo por un instante, imaginando qué pensarían quienes pasaron años pelándome la fruta del postre. Pero si destaco este episodio de desdén preadolescente es porque la vergüenza por desclasamiento sirve para construir el orgullo, para reivindicar la dignidad nacida de la humillación”. No espoileo más el libro, pero una de las conclusiones que me gustaron es la invitación a habitar los limbos sin jerarquías y en comunidad.
Entiendo lo que dice Noelia, que no escribe para vengar a nadie, pero es imposible no sentir propio el deseo (para ella tampoco) de esa Annie Ernaux jovencísima y su orgullo ingenuo de que convertirse “en escritora, al final de una estirpe de campesinos sin tierra, obreros y pequeños comerciantes, gente despreciada por sus modales, su acento, su falta de cultura, bastaría para reparar la injusticia social congénita”. Algo de ese orgullo resonó cuando leía estrofas como “Mamá se siente orgullosa: / limpio, me gusta limpiar, puedo limpiar /sin que eso signifique / privilegio, / complejo / o única posibilidad de clase” de Patricia González López. Igual, de todas, creo que mi favorita en esta lectura (probablemente demasiado ideologizada) es: “Seamos malos pobres. / Resistir / es romper el destino”.
Una posdata sobre las condiciones materiales. Annie Ernaux en La escritura como cuchillo (Cabaret Voltaire, 2025) reflexiona sobre la relación entre la escritura y la necesidad de subsistir. Las opciones que enumera incluyen “vivir de los propios libros (rarísimo al principio), que te mantenga el Estado (cobrando ayudas, becas) o un marido, un amante, una mujer, que gane dinero por los dos, o tener un empleo. Me parece que esta última solución proporciona más posibilidades de asegurar la independencia de la escritura y una autonomía mayor en el campo literario”. No hace falta que nadie diga que el panorama actual es muchísimo más complejo que en 2003, la fecha inicial de este diálogo con el escritor Frédéric-Yves Jeannet. La concentración de la industria editorial, las fronteras cada vez más difusas entre negocios y literatura y la precarización de la vida en general hacen esas decisiones mucho más difíciles. ¿Se puede vivir de la escritura? ¿Hay que vivir de la escritura? ¿El éxito comercial es EL ÉXITO? ¿Quién gana cuando se venden muchos libros? Y, aunque me gusta su respuesta, tampoco se me escapa que la decisión de Ernaux hoy también sería un problema, porque ser profesora tampoco brinda la “seguridad material” que le permitía la exploración y sus incertidumbres. En todo caso, creo que lo deseable sería que nadie tenga que renunciar a la seguridad material, ni la escritora ni la profesora ni la enfermera, para escribir, hacer música, pintar o lo que sea. Todas las personas deberíamos poder pescar por la mañana y ser poetas por la noche, como propusieron Marx y Engels hace mucho tiempo.
Billeteras frías y varones tradicionales
No sé vos pero cuando escuché al jefe de gabinete Manuel Adorni explicando que se encontró un pendrive con muchísima plata y empezaron a hablar de billeteras frías, yo pensé en Steal (El robo). Es una miniserie británica sobre un robo multimillonario a un fondo de inversión londinense. Aunque el foco de la investigación está en descubrir los mecanismos de un golpe casi perfecto, hay una subtrama interesante sobre el endeudamiento personal que puede llevarte a decisiones desesperadas y cómo funciona el sistema construido alrededor de esa desesperación. Hacia el final se resuelven los misterios pero queda flotando la pregunta sobre quiénes son los verdaderos y más grandes criminales. Se ve en Prime y por ahí.
El último episodio de Bibliografía obligatoria fue sobre una pregunta que da vueltas hace algunos años: ¿Los varones son cada vez más de derecha? Mi primera conclusión sobre muchos de los comentarios de varones es que -además de que sería bueno que terminen de mirar el video antes de explicar cosas- la pregunta toca más de un punto sensible. Igual, para mí, vale la pena no por los que responden apurados “basta de hembrismo” o “mirá el flequillo”, sino por los que lo guardaron, se lo mandaron a un amigo o simplemente lo vieron y dudaron. Insisto: para los que dudan hay ideas, argumentos y un lugar que también pueden sentir como propio en los feminismos y todos los movimientos y organizaciones que luchan contra la opresión.
Parroquiales. Los sábados a las 12 en Radio Con Vos hacemos El Círculo Rojo. Podés vernos y escucharnos y, si tenés ganas, sumarte a nuestra comunidad (nos ayudás con lo que podés y a cambio hay algunos descuentos). Si querés contarme algo, escribime respondiendo este correo, y acá podés leer las entregas anteriores.

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