1/7/26

El feminismo es revolucionario

 



“En esencia, el feminismo es una cosmovisión que trata muchas de las cosas que hacen únicas a las mujeres como obstáculos a superar en lugar de regalos divinos a abrazar”. Esto lo dijo Erika Kirk en la apertura de la conferencia de mujeres de Turning Point Action (la organización fundada por Charlie Kirk, un activista de ultraderecha asesinado en 2025 en Estados Unidos). Erika, que hoy preside la conferencia, repitió algunos de los hits ya conocidos: “tené más bebés de los que puedas mantener”, “los hijos, la familia, tu marido, matrimonio, son recursos no renovables”. 

Otra de las estrellas de la conferencia fue la influencer Savanna Faith Stone, una celebridad entre las girlies conservadoras, que dice que el objetivo del feminismo es “destruir el matrimonio y la familia” y es “la mentira más grande que le vendieron a las mujeres”. Savanna apoya el sistema de “un voto por hogar”, a cargo del jefe de familia, porque cree que es mejor para la sociedad. De esta forma, dice, se evitaría la polarización que provoca “la tiranía sobre los hombres o pensar que somos iguales a ellos”. 

Estos discursos no son ni una novedad ni lo más interesante de esta conferencia. Las narrativas sobre resguardar lo que hace únicas a las mujeres, los supuestos privilegios femeninos bajo amenaza, son tan antiguos como el movimiento feminista. Son una reacción al desafío de prejuicios y discriminaciones (por eso se llaman discursos reaccionarios). Entre los sectores que se oponían al sufragio femenino era muy común destacar que las mujeres gozaban de “privilegios” que la igualdad eliminaría como la exención del servicio militar o del deber cívico de participar del jurado (en Estados Unidos hay jurados populares para diferentes causas) o el “derecho” a ser mantenidas por sus esposos (que en los hechos era dependencia económica). 

Los mismos argumentos que usaron los grupos antisufragio femenino a comienzos del siglo XX los usaron en los años 1970 referentes como Phyllis Schlafly, la arquitecta del movimiento “pro familia” que supo transformar la oposición a la igualdad en una identidad política. Muchas de las oradoras y participantes de la conferencia de mujeres conservadoras no lo saben pero mucho de lo que dicen y creen fue diseñado por Schlafly. Ya sé que la recomendé hasta el hartazgo pero si te interesa esta historia, te diría que vayas corriendo a ver Mrs. America. Schlafly también hablaba de los privilegios amenazados por la Enmienda de Igualdad de Derechos; de hecho su organización se llamaba STOP (un acrónimo en inglés para “Dejen de sacarnos nuestros privilegios”). Alertaban sobre el fin de la exención del servicio militar (con dramatismo de la guerra de Vietnam en curso, ¿qué familia querría enviar a sus hijas a la guerra?) o los beneficios por viudez para amas de casa. 

Nada más efectivo que presentar como amenaza un desafío a los prejuicios que naturalizan la opresión y la dependencia económica de las mujeres. La defensa del “voto por hogar” se basa en argumentos como priorizar la familia o respetar la autoridad tradicional masculina, todo enmarcado en una apelación al pasado, como si la decadencia social o la degradación de las democracias capitalistas fueran una consecuencia de esos desafíos. Algo interesante de ese regreso al pasado es que mucho de él se trata de una construcción -como la imagen de las amas de casa exaltada por la tendencia tradwife. La “feminidad bíblica” (que incluye la sumisión al marido) que circula en podcasts conservadores y conferencias como Turning Point Action, también es una construcción y es desafiada por historiadoras como Beth Allison Barr, que cuestiona la idea de que el sistema “un voto por hogar” restauraría una costumbre norteamericana perdida. Al contrario, la hipótesis provocadora del libro de Barr (ella misma formada en el cristianismo), The Making of Biblical Womanhood, es que “el patriarcado puede ser parte de la historia cristiana, pero eso no lo hace cristiano. Solo nos muestra las raíces históricas (y muy humanas) de la feminidad bíblica”. 

Me fui un poco por las ramas, pero decía que estos discursos no eran ni novedad ni lo más interesante de esta conferencia. Si el perfil de las oradoras de la conferencia de mujeres conservadoras es claro, pasa todo lo contrario en las asistentes. Algunas usaban pines que decían “las chicas lindas no votan socialistas” pero solo una minoría minúscula celebró el sistema de “un voto por hogar”. Las visiones antifeministas del público tienen más que ver con la imagen construida de los feminismos que con las ganas de volver al hogar a depender del marido sin voz ni voto: “la sociedad se apropió de la palabra feminismo, que debería ser simplemente la igualdad de los sexos, en la que realmente creo”; “se trata de juntarse, apoyar a las mujeres, estar en un espacio seguro para abrazarnos”; “¡creo que podría haber una futura presidenta de los Estados Unidos en esta sala hoy!” ¿Feminismo en una conferencia antifeminista? 

Otra cosa llamativa de este semillero conservador fue que Donald Trump ya no despierta las pasiones que encendió en esta misma conferencia hace unos años.“Ya no creo en Trump”, dice la influencer Savanna Faith Stone, “hizo parecer que todo iba a ser más accesible; ahora la economía está peor… Prometió no más guerras en Medio Oriente y estamos en guerra”. ¿Se apagaron los motores de la batalla cultural o esa batalla no está tan disociada de las condiciones materiales como querrían los guionistas de la ultraderecha?

Creo que existe una explicación adicional y menos coyuntural a los matices y las contradicciones que flotaron en ese encuentro de mujeres conservadoras. La resumió José Carlos Mariátegui en un artículo de 1924: “El feminismo, como idea pura, es esencialmente revolucionario”. Nada de eso borra los debates y el choque de estrategias que a menudo existe dentro del movimiento: “nadie debe sorprenderse de que todas las mujeres no se reúnan en un movimiento feminista único”. El impacto del movimiento feminista, que revive cada vez que decretan su muerte, es tan hondo que llega a lugares impensados y por eso creo que sigue siendo relevante pensarlo. 

Mariátegui fue un entusiasta temprano del feminismo en nuestro continente, tan convencido de su relevancia como de las discusiones que creía ineludibles (como en cualquier movimiento policlasista): “las feministas de la burguesía aceptan todas las consecuencias del orden vigente, menos las que se oponen a las reivindicaciones de la mujer. Sostienen tácitamente la tesis absurda de que la sola reforma que la sociedad necesita es la reforma feminista. La protesta de estas feministas contra el orden viejo es demasiado exclusiva para ser válida”. Me gusta su ímpetu para discutir, como hacés cuando te sentís parte de una lucha. Cada tanto pienso qué interesante sería leer a otros como él hoy, cuando los feminismos latinoamericanos siguen provocando reflexiones, con el mismo entusiasmo y la misma convicción de quien siente propia esa lucha y no solamente una causa noble o legítima que merece su apoyo o acompañamiento. 

Hablando de José Carlos Mariátegui. El sábado conversamos con Martín Bergel, que es historiador e investigador sobre su obra, sobre la reedición de La escena contemporánea (Fondo de Cultura Económica). En ese texto y en general en sus textos se pueden encontrar muchas formas de pensar las batallas culturales que siempre fueron políticas. 

Se tiene que morir mucha gente es una serie española, una comedia negrísima, basada en la novela homónima de Victoria Martín. Cuenta la historia de tres amigas de treinta y pico que se conocen desde la primaria y cuya relación cambió bastante (y sigue cambiando durante los seis episodios). Las tres se encuentran en un momento en el que supuestamente deberías tener todo encaminado pero, como en la vida real, las cosas son más complicadas. Ansiedad, incertidumbre laboral, económica, en realidad todos los tipos de incertidumbre y esa insatisfacción que cada una siente distinto: Bárbara como vacío, Maca como inseguridad con sus vínculos y Elena como un abismo al que se asoma después de ahogarse en las apariencias de una fiesta de gender reveal. Hay dos cosas que me gustaron mucho. Una es la niña interior de Bárbara que la acompaña y persigue para recordarle qué patética es su vida (me gusta un poco porque la actriz Sofía Otero es increíble y otro poco porque te enfrenta a esa voz que a veces te taladra desde adentro en un mundo que no suele ayudar). La otra es que cuando todo se nubla, el refugio es femenino: con la comunidad de señoras que comen, toman, fuman y se desnudan en el campo o con las amigas que más o menos lejos, más o menos como pueden, siempre están. Es de Movistar+ y se encuentra por ahí. 

Parroquiales. Los sábados a las 12 en Radio Con Vos hacemos El Círculo Rojo. Podés vernos y escucharnos y, si tenés ganas, sumarte a nuestra comunidad (nos ayudás con lo que podés y a cambio hay algunos descuentos). Si querés contarme algo, escribime respondiendo este correo, y acá podés leer las entregas anteriores.

Celeste.

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