20/11/20

Una mujer levanta la voz

 


 

“Las ciudades son más que edificios y calles, las personas son la ciudad”, agita una mujer de unos 40 años en medio del parque Washington Square de Nueva York. “Hagamos ruido para que nos escuchen por encima de sus topadoras”. La mujer era Jane Jacobs y las topadoras eran de Robert Moses, un desarrollador inmobiliario. Los diálogos son de la escena recreada en el episodio 4 de la serie The Marvelous Mrs. Maisel. La batalla fue real y una de las primeras contra lo que hoy llamamos gentrificación. Jacobs fue una de sus pioneras. 


Leslie Kern es geógrafa. Ediciones Godot publicó su libro Ciudad feminista. La lucha por el espacio en un mundo diseñado por hombres. Analiza la radiografía urbana, la gentrificación y las desigualdades que plagan las ciudades contemporáneas. Su punto de vista feminista está marcado por el entrelazamiento de la opresión de género con la clase social, la etnia o la raza, “porque presumir una unidad entre las mujeres es desconocer otros signos importantes de la diferencia social”. 


Kern utiliza la definición de otra geógrafa, Jane Darke, para referirse a la ciudad: “todo asentamiento es una inscripción en el espacio de las relaciones sociales de la sociedad que lo construye”. Todo en la ciudad está diseñado para el funcionamiento de la sociedad capitalista y patriarcal, “qué tipos de actividades tienen lugar, dónde y cuándo, y en manos de quién”. Así explica el impacto diferencial del gasto de transporte o la desigualdad que reproduce el diseño urbano, pero no le molesta hacerse preguntas sobre cuáles deberían ser las soluciones, “si el objetivo último debiera ser facilitarles a las mujeres el hacerse cargo de responsabilidades domésticas desproporcionadas”. Esa tensión está presente en todos los ámbitos que recorre Kern, entre la observación del “patriarcado escrito en piedra, ladrillo, vidrio y hormigón”, mecanismos de gentrificación y programas con “perspectiva de género”. 


Una mamá toma un café en Starbucks


La fusión entre gentrificación y algunos discursos feministas no resulta en mayor igualdad de género pero sí transformó, para Kern, “los entornos urbanos en menos acogedores para la mayoría de las mujeres”. La principal explicación de este fenómeno es que la gentrificación es una respuesta del mercado, que privatizó los espacios urbanos y ofreció servicios a cambio de dinero para facilitar el “equilibrio” entre vida y trabajo. 


En este contexto, se polarizaron dos extremos relacionados con la maternidad y los cuidados, que Kern llama la “gentrificación de la crianza”. Por un lado, una maternidad “centrada en el niño, guiada por expertos, emocionalmente absorbente, intensiva y cara” para una minoría. Y, por el otro, jornadas laborales largas y cada vez más precarias, aumento de los alquileres y eliminación de servicios públicos, para la mayoría. Esto impacta en las condiciones de vida, pero también en la sobrecarga, el estrés y la imposibilidad del tiempo libre que significa para la mayoría de las mujeres que son madres. Es uno de los temas en los que Kern señala acertadamente que “tomar el género como la categoría principal de la igualdad también puede ser restrictivo”, en sociedades atravesadas por desigualdades múltiples y relaciones sociales moldeadas por la explotación del trabajo asalariado de la mayoría de la población.


Guadalupe Granero Realini es urbanista e investigadora del Centro de Estudios Metropolitanos, le pregunté sobre esa idea del “patriarcado escrito en piedra, ladrillo, vidrio y hormigón”: “Hoy desde la disciplina urbanística se entiende que los vínculos entre sociedad y espacio no son unilaterales ni unívocos, no son de causa-consecuencia, sino que son de mutua afectación, de procesos de síntesis, creo que en lo que plantea la autora está ese concepto. Y si uno piensa cómo es la ciudad y el espacio en el marco de las relaciones capitalistas, sin duda, esta hegemonía del patriarcado también tiene una manera de pensarse en y a través del espacio”. 


¿Hay señales así en la Ciudad de Buenos Aires? Guadalupe ve algunas que, insiste y tiene razón, no pueden señalarse escindidas de una lógica global. “Buenos Aires cada vez produce más viviendas que no tienen en cuenta ninguna de las dimensiones de cuidado para personas mayores, niños, para madres que tienen que cuidar, desde el carrito de bebé o de las compras, no hay una contemplación desde el diseño de cuáles son las complejidades de un sujeto que cuida a otro, que es algo que también se ve en la calle”. Este proceso no tiene solo una dimensión de género, Guadalupe habla también de un “urbanismo violento”, que borra cualquier lugar de reposo o socialización en el espacio público. 


Leslie Kern escribe en su libro sobre la visión limitada de quienes piensan la ciudad, Guadalupe tiene una opinión similar: “cuando ves quiénes son los expertos que piensan la ciudad son diez varones de mediana edad, profesionales, blancos, católicos, apostólicos y romanos y arquitectos, la idea de la ciudad como un emergente del patriarcado en el marco de los vínculos que hay entre capitalismo y urbanización también es una ciudad que está pensada desde esta óptica, heteronormativa, masculina, con una perspectiva clasista muy fuerte”. 


El mercado y el Estado 


Que el mercado ofrezca soluciones privadas es el reverso de la eliminación o inexistencia de políticas públicas. Kern analiza algunas experiencias pero señala que no son perfectas ni mucho menos pueden ser patrimonio de los países ricos. 


La pandemia y los problemas sociales que evidenció ofrecieron una radiografía de la respuesta estatal en Argentina: entre miope e impotente cuando presume “perspectiva de género” y la cucharadita de azúcar para tragar la pastilla amarga cuando el Estado actúa sin disfraz. Miope cuando estuvo al borde de restringir la tarjeta SUBE, sin considerar el uso distintivo que hacen las mujeres del transporte en las ciudades. Azúcar en las situaciones límites en las que el Gobierno nacional privilegió la propiedad privada sobre la vida de familias pobres, donde las jefas de hogar eran demasiadas. Aunque la toma de Guernica fue desalojada, hay muchos territorios donde se cruzan la clase y el género como agravantes de la desigualdad. El más extremo hoy quizás sea El Hotelito, donde un grupo de mujeres, a cargo de niñas y niños pequeños y que huyeron de situaciones de violencia machista, resisten el desalojo del Gobierno de Horacio Rodríguez Larreta (el mismo que avanza contra la ciudad, entre el remate de tierras para mega negocios inmobiliarios y la vigilancia estatal del espacio público). 



Podés estar más o menos de acuerdo con las propuestas de Kern pero me parece interesante la invitación a pensar más allá del combate manzana a manzana contra la gentrificación: “Sé que tenemos que aspirar a cambios más profundos, y ponernos a buscar fantasías más amplias y más liberadoras de cómo debería ser la ciudad”. Para mí, esas fantasías son inviables en esta sociedad, hay que pensarlas para construir una nueva. 


Hay proyectos, ¿habrá ley?


El martes 17 ingresó al Congreso el proyecto de aborto legal del Poder Ejecutivo. No llega en un momento casual, el Gobierno quiere dar buenas noticias en un mar de malas y una agenda de ajuste a la medida del Fondo Monetario Internacional. A propósito de este momento, les recomiendo que lean las entregas de esta semana de Fernando Rosso y Pablo Anino (se suscriben acá). 


Se encendieron algunas alarmas con el artículo sobre objeción de conciencia del proyecto del presidente. Es uno de los obstáculos más comunes que utilizan los antiderechos en todas partes. El Ejecutivo explica que la objeción de conciencia es un derecho individual y es cierto. Sin embargo, si no existe una prohibición expresa de la objeción institucional, en los hechos puede transformarse en tal aunque no esté contemplada. Si todos los profesionales de una institución ejercen su derecho a la objeción individual y no existe obligación para la institución de garantizar el derecho de las mujeres a la salud, una buena pregunta sería, ¿qué derecho se privilegiará? 


El debate todavía no tiene fecha pero la guerra ya empezó (en realidad no cesó nunca desde 2018). Las Iglesias ya lanzaron su amenaza y actuarán como lo hacen siempre: discursos de miedo y odio y presión para bloquear o limar la concreción de una conquista. Que sea ley y no termine descuartizada depende, en primer lugar, de recuperar el lugar donde ganamos y defendemos todo: la calle. 


Esta no es la primera vez que nuestros derechos son utilizados, pero nadie que no sea el movimiento de mujeres puede ni podrá arrogarse ningún logro. 


Una mujer escribe la ciudad 


Una escritora que escribió y escribe su ciudad es Vivian Gornik; en La mujer singular y la ciudad continúa de alguna forma las memorias iniciadas en Apegos feroces. En octubre, conversó con Tamara Tenenbaum en el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, donde reflexiona además acerca de la pandemia y la vida urbana. 


Hay otra Nueva York, que cuenta Tina Balser en Diario de una ama desquiciada de Sue Kaufman. En ese libro, Tina hace un “informe” diario de sus tareas y de cómo se mueve por la ciudad para no volverse loca en su prisión doméstica. Parece que la primera edición fue un éxito y se lo llegó a considerar “fundacional” de los textos que dieron voz a la “conciencia femenina”, una especie de prefeminismo. De alguna forma era el “malestar sin nombre” que había descrito por primera vez Betty Friedan en Mística de la feminidad, que Kern rescata en su libro cuando bucea en la vida de los suburbios. 


Una mujer levanta la voz 


Pero si hay algo que respira gentrificación es The Deuce, una serie de HBO que cuenta la historia de una Nueva York que no se parece a la actual. En el corazón de la industria pornográfica que está naciendo, vemos un Time Square irreconocible. Un poco como hizo con The Wire y la “guerra contra las drogas”, en esta David Simon (me pongo de pie) inocula el problema de la privatización del espacio público casi sin que te des cuenta. 


Hay dos documentales que cuentan el proceso en curso hace décadas en esa ciudad. Uno es Citizen Jane, sobre Jane Jacobs, la activista urbana de la primera escena de este newsletter. El otro es Class Divide (División de clase), que cuenta una de las consecuencias no buscadas por Joshua David y Robert Hammond (que, leí por ahí, se conocieron escuchando a Jane Jacobs en una comisión barrial) cuando hicieron un proyecto para salvar la High Line, un espacio público que Rudolph Giuliani quería demoler cuando era alcalde de Nueva York. De un lado de la calle, uno de los colegios más caros de EE. UU. y del otro, unos monoblocks de vivienda social. Los ricos juegan en la plaza pública pero los chicos de los monoblocks no pisan la escuela. 


Jane Jacobs nunca conoció Buenos Aires pero bien podría caminarla en 2020, megáfono en mano llamando a levantar la voz para que nos escuchen por encima de las topadoras.


Nos vemos en el próximo y #QueSeaLey.


Celeste

 

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